viernes, 6 de octubre de 2017

Entrada (más bien no) triunfal


Sobre nuestra mesa había un globo sin inflar, un silbato de plástico y otros chiches de cotillón. Mi atención la acaparaba el sombrerito verde que llevaba puesto. A esa altura sentí que iba a ser linda siempre.
La cabeza me trabajaba demasiado. Un poco me molestó que avisara en el grupo de whatsapp que estábamos en ese bar, por si alguien quería sumarse. Pensé que sería buena idea ir al baño, bajar un cambio, y poder ver todo desde un poco más lejos.
El baño de hombres estaba arriba. Funcionaba como un espacio separado de todo lo demás, como un purgatorio al que podía entrar y salir a gusto. En algunos juegos, cuando apretaba start y hacía una pausa, los colores de la pantalla se oscurecían o se volvían más claros. Ahí pasaba algo parecido. La luz fluorescente desentonaba con la noche y con la ambientación del lugar. El chorro de agua fría casi lastimaba mis manos. Como no había papeles tuve que secarme en el jean. No sabía si esa noche iba a pasar algo distinto, pero quise que el encuentro fuese al menos memorable.
Evité apurarme al bajar, quería hacer que el evento durase lo más posible. A pesar de la música, podía sentir el ruido de mis pisadas en los escalones chatos de metal. Cerca del escenario (bastante improvisado) algunos estaban bailando.
Cuando volví a la mesa todavía seguía jugando con Dorothy (a su celular le decía Dorothy). Ni se había percatado de que había vuelto y por un rato su mirada no se movió de la pantallita luminosa. Yo seguía mirándola. Aproveché un globo que caía cerca para empujarlo hacia ella. La trayectoria que hizo el globo fue distinta a la que yo había esperado y ella siguió mirando el celular sin percibir ningún cambio alrededor suyo. Sí había llamado la atención de una de las mozas, que justo pasaba cerca de nuestra mesa y al ver la escena se había empezado a reír. La señaló y me miró con cara medio burlona, como preguntándome ¿se lo querías tirar? Por lo menos la situación sirvió para que guardase a Dorothy y se diera cuenta que había vuelto.
En menos de un minuto estábamos hablando de vuelta. Sonaba un tema que me parecía conocido, tenía un estilo muy Vilma Palma. Aunque no lo bailara, el dedo índice y sus hombros podían seguir la música y adelantarse a la melodía. Cuando le pregunté el nombre de la canción se sorprendió.  Decía que ser menor no era motivo para no conocer el tema (sólo me llevaba un año en realidad). Había cosas que se sabían según ella. Mientras trataba de diluir en risas mi vergüenza, nos trajeron la comida.
Las papas con queso cheddar y panceta siempre fueron una buena elección, y si bien cada papa es diferente, las que hacían en ese bar tenían un sabor encendido y hogareño que nunca le faltaría el respeto al que las probase. Su boca también era especial, era capaz de dar lógica hasta al veganismo part time.
Intentaba disfrutar del tiempo presente concentrándome en el gusto de las papas cuando otra voz se incorporó a la mesa.
— ¡Muy buena la entrada sobre los cancheritos!
Era Julia. Hacía un rato había estado tocando en el escenario con otro músico. Con una amplia sonrisa nos saludó y dijo que la alegraba que hubiésemos venido.
— Estuve hablando con gente de Mañana no vuelve — me dijo a mí —, ¡Me parece que podrías venirte y leer algunos textos!
Mientras me precisaba algunos detalles sobre la fecha y el lugar del evento, vimos que un tipo grandote y con barba que llevaba una campera negra la estaba llamando.
— ¡Después hablamos bien! — dijo y acto seguido se dirigió a los dos — ¡Qué bueno que vinieron! — se dio un beso en la palma de la mano y nos saludó apurada pero sin descuidar la prolijidad de sus gestos.
— Es muy atenta con vos — me dijo sonriendo, después de que Julia siguiera su trayecto.
— Es copada — le contesté —. Me gustan las canciones que escribe, si no la ves y la escuchás genera la impresión de que es linda.
— La estás bardeando — me contestó con cara de no entender el motivo de mi comentario.
— No, lo que quiero decir es que… — hice una pausa para ordenar mis ideas y seguí—. A ver, es linda, pero si no la conocés y sólo escuchas sus canciones da la impresión de que es linda igual, aunque no la hubieses visto nunca.
Ella se río.
— Está bien, ya entendí que le querés dar.
— ¡No, para nada!
Me miró como queriendo decir que no me creía, que estaba en confianza y que no hacía falta mentir. Nunca había visto a alguien que hiciera un ejercicio tan versátil de la belleza.
— No, no particularmente — insistí.
— Ah, ¿pero colectivamente sí? ¿Si fuera con más de una persona te prenderías?
— Digamos que no sería mi primera opción.
Hubiese querido decirle lo buena que estaba, que me divertía la forma en que sus comentarios me sacaban de lugar, pedirle que nunca perdiera el entusiasmo que le daba a cada cosa que decía. Me hubiese gustado decírselo todo, pero no podía, más que nada porque ya se lo había dicho y no se había inmutado.
Buscando otro tema de conversación agarré uno de los individuales y le pedí que dijera algo para que lo dibujase.
— Un submarino — contestó, casi como reflejo.
Empecé a dibujar, sosteniendo la hoja con la otra mano.
— ¿Sabés una cosa? — le pregunté —. A veces me preocupa que haya gente que se sienta implicada en cosas que escribo y se arme quilombo.
Le devolví el dibujo.
— Dibujaste un barco — me dijo.
— Sí, me dijiste un submarino — le contesté sin entender por qué se sorprendía.
— Podrías haber dibujado una copa de vidrio con chocolate y leche caliente, con el humito arriba – puso la mano a la altura de su nariz y movió los cuatro dedos imitando la forma del vapor.
La miré como diciendo uh, me cagaste o no me la esperaba. Después de eso retomó mi pregunta del principio.
— Siempre alguien se puede ofender por lo que lee.
— Pero yo a veces me baso en cosas que me pasan o en alguna persona que conocí — le insistí.
Viéndolo en retrospectiva creo que en realidad buscaba algún tipo de consentimiento.
— ¿Y dejarías de escribir por eso?
— ¡No! ¡Me gusta! ¡Está bueno!
— ¿Entonces? Si te preocupa tanto, primero putealos a todos y después ponéte a escribir tranquilo y sin pausa.
Sentía que con nuestra charla estábamos trazando el espacio y éste se volvía materia. El respaldo de las sillas, los cubiertos, la noche, la comida, el baño de hombres o la luz calibrada para poder vernos sin que iluminase de más, parecía que todo se estaba constituyendo a través de las idas y vueltas de las palabras.
Quería darle un beso. Era el único intento que quedaba. Los deseos nos definen, no importaba si se trataba de Rowling, de la Biblia o de autores agrandados y muy poco conocidos que había leído en la facultad, cada cual lo decía con sus términos.
Ya no me preocupaba lo que pudiera pasar. Ni siquiera me importaba si iba a pasar algo. Simplemente había cosas que tenían que ir en su lugar. Era así y era así, con orgullo. Era una forma de correspondencia ontológica, como lo que tiene volumen ocupa un lugar en el espacio, o como el tomo tres de Dragon Ball no podía estar nunca antes que el dos. Quería ser lo que me estaba pasando, las sensaciones, la persona y el lugar físico tenían que volver a unirse en una única acción.
Fui directo hacia su boca, sin que me importara nada más, ni siquiera la mesa (objeto inanimado sobre el cual una de mis manos estaba depositando el peso del resto del cuerpo). To kiss or not to kiss, tenía que querer darle un beso para ser. ¿Qué iba a pasar después de dárselo? ¿Seguiría siendo?
El momento épico no se había demorado para volverse un recuerdo. Fernet, queso cheddar, papas y panceta, todo estaba encima mío. Tuve suerte de que en el bar sólo usaran vasos de plástico (y de llevar puestos los lentes de contacto ese día). Una moza (que ojalá haya sido la misma que antes había pasado cerca de nuestra mesa) se reía y esta vez sin hacer ningún esfuerzo por disimularlo.
— ¡Es mortal este pibe! ¡Invítenlo más seguido!
Mi cabeza en ese momento era capaz de pensar sin recurrir a las palabras, y me sugirió que me quedase en el suelo hasta que pudiera levantarme solo sin sentir que me temblaran las piernas. A medida que mi percepción de todo se iba acomodando, noté que me miraba. No tenía idea de lo que podía estar pasando por su cabeza en ese momento, pero tenía los ojos muy abiertos. No sabía si sentía enojo, incomodidad o vergüenza, pero sí que la escena la había sorprendido. Deseaba que esa distancia no se extendiese nunca. Sus pupilas eran redondas, más grandes que el resto de sus ojos, de un color oscuro, cada vez más intenso.
Conocer lo que había del otro lado hubiese sido una distinción, hasta en el caso de que no hubiese nada más que iris, coroides y retina, la humanización también habría sido hermosa. No habría estado mal sentirme menos intimidado.

lunes, 31 de julio de 2017

El tiempo y sus consumos problemáticos

Tengo una adicción a perder el tiempo. No, pero en serio lo digo. Soy capaz de hacer cualquier cosa, menos la que tendría que estar haciendo en ese momento. Me da placer. Me encanta ir a la placita, oler el aire, girar la cabeza de un lado a otro y hacer que se vaya el dolor de cuello. El problema es que durante ese tiempo yo tendría que estar terminando de escribir no sé qué informe sobre coordinadores y docentes de centros educativos en Remedios de Escalada.
A veces, muy cada tanto, puedo escribir el borrador del informe en la plaza y después pasarlo a Word (así, como para sentir que no estoy trabajando). Igual admito que me resulta más fácil leer en la plaza si lo que llevo es un comic.
Perder el tiempo cuando no es para darle gustos a otros es hermoso. Lo que me hace mal es lo que viene después. El prestigio le corresponde siempre a la gente que hace cosas. Lo peor es que me gustaría ganar más plata y recibir algún que otro elogio. Quisiera figurar en listas de gente importante como los miembros de una orquesta o los actores de una obra de teatro, pero eso siempre le toca a otros.
Quisiera tener el reconocimiento que tiene Silvi, por ejemplo, pero no quiero trabajar lo mismo que ella, ¡sería un embole! El otro día en el medio de una charla, la invité a comer hamburguesas y ni siquiera me dijo que no. Su respuesta fue que, no sé, que había encontrado un diario zonal con varias noticias para nuestro trabajo (está bien que eso es un no, pero hubiese preferido que se tomara la molestia de inventar una excusa).
Así y todo, sé que aporto y no poco. Cuando están saturados con tareas y fechas de entrega para ayer, todos los que se destacan no discuten con sus jefes ni van a terapia, sino que me llaman a mí para que los escuche. También está Jime, que es una referente y es brillante. Siempre trae buenas ideas, pero labura muy a desgano, como si lo hiciera sólo por compromiso. A veces habla de lo trabada que se siente o de frustraciones que no alcanzo a entender. Le sugiero que mire alguna serie o algún video en Youtube y ella se sorprende y me dice que no sabe de dónde saco tanta data divertida. Tengo una pareja amiga que me invita seguido a su casa a ver películas, comer pizza y jugar a los jueguitos. Cada tanto invitan a dos o tres amigos más y organizamos torneos de Mortal Kombat. Arman estrategias y esquemas para que no abuse del juego. Uno de los participantes llegó a decir que jugar contra mí era como desafiar a una pared. Yo me preocupo por dejar claro lo bien que la paso. Evito hacer esfuerzos para organizar próximos encuentros. Me importa que sean ellos los que me inviten.

No pierdo las esperanzas, sé que algún día voy a poder vivir de lo que ya sé hacer y a las actividades para las que me tenga que esforzar voy a hacerlas por convicción propia. Armé un sistema para cumplir con las tareas sin sentir que estoy cumpliendo. El secreto está en ampliar las responsabilidades y estar siempre donde no tengo que estar. Me inscribí a una maestría para redactar durante las clases los informes sobre las sedes, los fines de semana largos voy al departamento de Aram a no darle de comer a su gata y a procesar encuestas, y en los talleres de escritura ensayo propuestas para llevar al equipo de trabajo.

sábado, 8 de julio de 2017

Belgrano

Belgrano es animarse a salir del cine cuando la película es una mierda. Es el lugar al que voy después de dejar las cosas que me hacen mal. Belgrano son los cachetes de Sol cuando se ríe, el chaw mien de trasnoche, un gusto de helado con el nombre Crema Santander Río y las conversaciones sobre el Fantasma Escritor y las secundarias con orientación artística cerca de la plaza. También son algunas tardes en Nucha con Fede e Ignacio, sacándonos fotos con habanos improvisados y después cagarnos de la risa de las señoras que aparecen en el fondo con cara de no entender nada. Nada malo puede pasar en Belgrano, salvo por ahí que en un Café Martínez algunas viejas escuchen audios del celular con el volumen alto y sin auriculares, o que los mozos de esa misma confitería te quieran echar poniendo música de Lisandro Aristimuño y “Amores como el nuestro” al mismo tiempo. También es el lado hermoso del miedo, no tendríamos por qué sentirlo si no hubiera cosas que quisiéramos cuidar o si todo en la vida nos diera lo mismo. Belgrano es la rivalidad que produce, la realidad definida por lo que quisiéramos que fuese y no es. Es pararse en la esquina del Multiplex antes de que empiece la función de Logan, mientras un amigo va a buscar las entradas, pensar en todas estas cosas, y poder decirlas aunque no las entiendan.


lunes, 26 de junio de 2017

Deadline

Cuando era más chico me gustaban las novelas de Conan Doyle. A medida que iba acumulando libros leídos, noté que no era tanto la resolución de los crímenes lo que me gustaba, sino más bien las maneras y la personalidad del protagonista. Con el tiempo me di cuenta que ésa había sido mi actitud ante muchas personas. Hoy todavía me pasa. Hay gente que me resulta interesante y a la que le presto mucha atención cuando habla, pero si después me preguntan los motivos de sus quejas o reclamos, no sabría decirlos. Con Marcos y con Jime me pasaba un poco eso.
Cuando salimos del despacho de Marisa, Jime estaba con cara de orto porque parecía que gente de su oficina se las ingeniaba para asignarle tareas que en realidad les correspondían a ellos. A eso se sumaba el informe que hacía unos minutos nos habíamos enterado que teníamos que hacer.
El informe era un relevamiento del estado y desempeño en cada una de las sedes de educación para adultos que estaban bajo la jurisdicción del municipio. Teníamos que comparar la cantidad de ingresantes en cada curso con los que había en la actualidad, registrar los porcentajes de asistencias y las principales dificultades que los docentes nos señalasen a la hora de hacer su trabajo. La idea era avanzar con eso y hacer un informe preliminar, el definitivo íbamos a tener que presentarlo más cerca de fin de año.
Después de conversarlo, quedamos en que yo iba a ocuparme de redactar el desarrollo y las formas en que habíamos obtenido los datos. Jime iba a mostrar y explicar los resultados y Silvi se iba a encargar de preparar las matrices e ir armando cuadros útiles para tenerlos listos en el momento en que se los pidiésemos.
Jime me había sugerido que le pidiera a Marcos que nos ayudase (decía que me llevaba muy bien con él). Según ella, Marcos visitaba seguido las sedes y tenía experiencia con ese tipo de tareas. A los dos días Jime me preguntó si había podido averiguar algo.
— Le escribí, pero me contestó que no quiere ser cómplice de ningún ajuste.
— ¡Qué hijo de puta! – protestó Jime —. ¡Esto ya se viene haciendo desde el último censo y él había participado como capacitador el año pasado!
Quería reírme, pero me pareció más estratégico poner cara de situación.
La deadline es el 20 de octubre, repetía Jime.
Los días que siguieron fueron un embole. Silvi andaba con cara de no tener ganas de que la distrajeran. Jime necesitaba dejar bien claras sus preocupaciones. Yo escribía en un cuaderno de hojas lisas, porque sentía que el contacto con las ideas era más inmediato. La última palabra importante resonaba de distintas formas en mi cabeza, deadline. Deadline, dead line, línea muerta, death line. A mí cabeza había vuelto un recuerdo de hacía años. Era incluso anterior a las lecturas de los casos de Holmes. Era una boludez, pero me había salvado durante esos días de tedio.
Cuando estaba en segundo año del secundario había una fila de bancos a la que le decían la fila de la muerte. Estaba ubicada a la izquierda de todo y muy cerca de la puerta de entrada al aula. Si se contaban desde el escritorio del profesor, que estaba a la derecha de todo, era la última fila y tenía sólo cuatro pupitres. Por azares de la vida, los chicos que se sentaban ahí casi nunca hacían la tarea y tenían notas más bien bajas. El mote de fila de la muerte se lo había puesto un profesor que era relativamente joven, tendría menos de treinta años en ese momento.
Me acuerdo que una vez, uno de los de la fila de la muerte se había sentado en otro lugar cualquiera. El profesor de lengua, que era un gallego medio distraído le había tomado oral desde el asiento y el pibe había contestado bastante bien todas las preguntas.
— Parece que no presta atención, pero en realidad está muy pendiente y razona muy bien — decía el profe sorprendido.
En realidad, los chicos que estaban cerca le soplaban las respuestas con la intención de darle más fuerza al mito.
Cualquier investigador o investigadora en ciencias sociales o en ciencias de la educación diría que asignarle el rótulo de “fila de la muerte” al espacio físico en el que sentaban cuatro alumnos era una práctica estigmatizante, y yo pienso que hubiese tenido razón. También pienso que a esos pibes les chupaba un huevo que les dijeran así, y que también existen pedagogos que (aunque creen que no es lo más deseable) consideran que tener fama de portarse mal o que los padres sean solicitados con frecuencia son otras de las formas que asume el prestigio (peor, según esta gente, sería que pasasen los años y no se acordasen de quiénes eran los pibes). Dentro de ese contexto en particular, todos terminaron el secundario y pudieron rebuscárselas para, por lo menos, no ser pobres.
No volvería ni en pedo al colegio, pero la distancia me ayudó a retomar algunas cosas que me hacían reir o que después en la vida se repitieron de otra manera. Hasta podemos darnos el lujo de editarlas y retomar sólo la parte divertida, como con los casos de Holmes o las disconformidades de Jime. Gracias al recuerdo de la fila de la muerte, esas semanas se volvieron más llevaderas. Días antes de entregar el informe, Silvi me dijo que estaba raro. A veces era divertida, pero cuando se enojaba por estar concentrada en algo podía llegar a ser muy hiriente. Había preferido respetar ese estado.
A la segunda o tercer visita a la sala, Jime expresó su sorpresa.
— Por momentos parecés quedado en el tiempo, pero ojalá yo pudiera disfrutar así mi trabajo.
— Vamos a llegar con la deadline, Jime — le contesté con entusiasmo.
Lo del tiempo siempre pensé que lo había dicho porque usaba un cuaderno y no la compu. Yo sólo quería sonreír sin que me hicieran sentir que no trabajaba. 

martes, 20 de junio de 2017

Generaciones

— Quiero hacer las cosas sintiendo que las estoy haciendo bien, y una vez que las entregue no preocuparme tanto por las devoluciones, a lo sumo tenerlas en cuenta para una corrección o para una próxima vez.
A Jime le gustaba el trabajo, o por lo menos en algún momento lo había empezado a hacer muy motivada o de eso quería convencerse. Según lo que contaba, parecía que en algún momento se había olvidado de qué era lo que había valorado tanto.
Jime decía que estábamos confundiendo la felicidad con la acumulación de logros y que podíamos terminar en el horno si no nos avivábamos a tiempo. La charla de a poco se había convertido en un desahogo sobre las familias, el exitismo y la obsesión por los títulos. Yo estaba sorprendido. Era raro escuchar a Jime hablar sobre la felicidad. Para las personas como ella suele ser una mala palabra, casi como recomendar libros de Coelho en reuniones con gente seria y copada.
—Igual no es sólo lo laboral — comentaba Silvi —. A veces nos preocupamos por mostrar una imagen y terminamos convenciéndonos de una pose sin saber si de verdad es lo que queremos. Tengo unas amigas que— hizo una pausa y tragó saliva—, pobres, yo las re quiero, pero siempre que salimos están tres horas arreglándose hasta dar la impresión de que brillan, y si vos sólo ves las fotos en Facebook, pensás que la pasan re bien, pero en realidad están con cara de orto casi toda la noche.
Siguieron contando anécdotas y trayendo ejemplos de cosas que ya no tenían una relación tan clara con el tema inicial. Jime recurrió a nuevos lugares comunes, como contarnos que cuando era adolescente e iba a salir con alguien la tenían que llamar a la casa y atendían sus viejos. El término millennials saltó un par de veces en la conversación.
El tema se diluyó en el almuerzo. Después Jime tenía una capacitación en el segundo piso y Silvi tenía que ir a buscar unos formularios y atender asuntos de un centro educativo en Wilde. Antes de irse, Silvi me achacó que no había dicho nada durante la conversación.
— ¿Estás bien? Pensé que te interesaban estos temas. Podrías haber dicho algo.
— Estaba interesante lo que hablaban— le contesté —, pero decían muchas cosas. Cuando yo quería decir algo ustedes ya estaban con otro tema. Preferí escucharlas.
— Podrías hablar también, no hace falta que sean monólogos para que hables.
Hubiese querido decirle que se equivocaba, que en serio me interesaba escucharlas, pero igual se iba a ir rápido y yo me habría quedado con cosas para decir.
Había quedado solo en la oficina y me costaba dejar de pensar en la conversación. La idea de perseguir objetivos y al mismo tiempo escapar de lo que de verdad quería ser me angustiaba un poco. Pensar que en realidad quería algo que no era lo que estaba haciendo y que mis logros habían sido, en alguna medida, objetivos impuestos por otros me daba miedo ¿Y eso era común a una generación, querer destacarse sin saber cómo ni por qué?
Mis preocupaciones fueron interrumpidas por Marcos, que acababa de entrar en la oficina. Como Silvi no estaba, aprovechó para usar su escritorio y revisar algunas declaraciones juradas de docentes. Sus tareas incluían supervisar centros y hablar con profesores y tutores del área de educación obligatoria. No trabajaba siempre en la sede del municipio, por eso cuando venía no disponía de un lugar fijo.
Supongo que a esa altura él ya se había dado cuenta, pero siempre que trabajábamos en la misma sala o que presenciaba nuestras reuniones yo esperaba que dijera algo. Me hacía acordar al personaje de Rafiki de El Rey León.
Él trabajaba rápido pero sin ningún tipo de presión, como si estuviese jugando. Supuse que no le iba a molestar que lo distrajera, así que le comenté lo que me estaba dando vueltas en la cabeza.
— Che, Marcos — le dije—me preocupan un poco los millennials.
—A mí me preocupa bastante, y me hincha mucho las pelotas, la gente que es desprolija y después viene con reclamos.
Al parecer no lo había distraído mucho de sus tareas.
— ¿Están muy mal llenados esos formularios?— le pregunté.
— Mirá, todo bien con resistir con aguante — me dijo —. Yo también resisto, acá, los fines de semana, en el chino también, pero si vos llenas mal tu declaración después no protestes porque hay una demora en el depósito.
Marcos me hacía reír hasta cuando estaba enojado, es más, creo que cuando se enojaba era particularmente gracioso. A la vez me sentía un poco incómodo. Nunca supe bien qué decir cuando otro se quejaba de cuestiones que me eran ajenas. Lo dejé seguir trabajando por un rato y después repetí la pregunta.
— Che—lo interrumpí — ¿Y que opinás de los millennials?
— No son millennials estos profesores, varios tendrán de treinta o cuarenta para arriba— me contestó sin correr la mirada de su bic roja y los papeles—. En sí no me preocupan mucho, son medio bobos y egocéntricos, sí, pero no están tan alejados a nosotros en edad. Ni idea de quiénes sean los que me cambien los pañales cuando esté viejo, pero millennials seguro no.
— ¡Pero nosotros somos millennials! —metí la oración contento por saber que con eso iba a poder encarrilar la charla hacia el lugar que a mí me interesaba.
— ¡No! ¿Por qué? ¿Porque tenemos cuenta en Facebook?
Viendo que estábamos interpretando cosas distintas, le conté con más detalles lo que habían estado hablando Jime y Silvi sobre el exitismo y la falta de objetivos reales.
— Jime no es millennials—Marcos pronunciaba la “ese” aunque estuviese hablando en singular—, ya es grande y debería dejar de llorar por cada cosa que le pasa.
— Pero Jime tiene veintisiete, igual que yo —me apuré a decirle para que me excluyera del bardo.
— Primero— dijo, ya suspendiendo la atención a las hojas y mirándome a mí— nosotros no somos tan chicos—hizo una pausa como queriendo confirmar que lo que decía era correcto—. Segundo, ¿Jime tiene veintisiete? Eso lo quisiera chequear, creo que está teniendo veintisiete desde hace bastante. El día que pueda hablar sin quebrarse con una docente que está histérica porque no le depositaron el sueldo, ese día, por ahí, la tome más en serio. Después anda diciendo que la subestiman porque no le gusta trabajar con planillas de Excel.
La idea de Jime teniendo otra edad me parecía interesante. Si era así, quería decir que yo todavía tenía tiempo para adquirir sus destrezas. Más allá de eso, Marcos seguía hablando de Jime y no de los millennials. Intenté retomar el tema.
—Che, pero sacando a Jime, ¿por qué decís que no somos millennials? En nuestra crianza la tecnología tuvo muchísimo que ver.
—Sí, pero las consecuencias que eso pueda tener en nosotros no son muy distintas a las que se dan en otra gente. Mi vieja, por ejemplo, usa Facebook y se separó hará unos tres o cuatro años  — hizo una pausa y continuó—, y cuando se entera de alguna novedad de mi viejo, por Facebook — enfatizó —, yo me la tengo que fumar por lo que quede de la semana.
— Pero en nosotros influyó desde mucho más chicos. Nuestra relación con la tecnología es otra. Nosotros nos criamos con computadoras e internet. ¿No te parece que somos una generación que no sabe bien qué quiere y al final su objetivo termina siendo mostrar sólo una imagen?
— ¡Pero eso no tiene un carajo que ver con la época ni con la edad que tengamos! ¿Nunca miraste Aladdin? ¿No veías las novelas de Thalía o de Natalia Oreiro cuando eras chico? Ahí no existía Facebook y la gente igual se preocupaba por mostrarse de una forma que no era.
— Está bien, pero todo eso lo potencian las redes sociales.
— Sí, pero eso no nos hace millennials, le pasa a gente de distintas edades. Los millennials son los nacidos del noventa y pico largo para acá. Nosotros ya estamos lejos—Esto último lo dijo con un tono forzado de lamento, como queriendo mostrarse duro y orgulloso—. ¡Yo no iba al secundario con una laptop propia!
Marcos me había desconcertado, hablaba mucho en un lapso de tiempo muy corto. Tardaba en seguirlo. Me gustaba escucharlo, más allá de que algunas cosas que decía no me convencían.
— Ojo, me parece que los millennials nacen a partir de mediados de los ochenta.
—No —insistió—. Nosotros con suerte manejamos una red social. Tenés Facebook, ¿pero Instagram usás?
— Lo abrí, pero no llegue a subir nada —Le contesté sin entender el porqué de la pregunta.
— ¿Tsúiwrer?– Marcos había dicho algo raro que sonaba a “twitter”, fuera de contexto no lo habría entendido.
— Lo mismo.
— ¿Ves? Los pibes esos se manejan a través de varios de esos medios al mismo tiempo. Nosotros no. Nosotros somos otra cosa.
— ¿Qué cosa? ¿La generación Y?
— No.
— ¿Qué somos nosotros?

— Los herederos de Perón y de Evita.

martes, 6 de junio de 2017

Excusas para no trabajar

El mediodía se arrimaba de a poco a la sala. Siempre turnábamos los lugares. Esa mañana el escritorio incómodo me había tocado a mí. Por mucho que lo intentara o lo volviera a intentar, estaba muy poco inspirado para leer informes. Cada media carilla de lectura me distraía mirando a Silvi mientras trabaja con la compu. Pensaba, ensayaba, se equivocaba y volvía a pensar. Estaba demasiado metida en sus tareas, parecía que hasta podía percibir y disfrutar el gusto de sus errores. Cada tanto le fruncía el seño al monitor. Yo no entendía bien por qué sonreía. En el marco de algo que daba la impresión de ser un cuarto de pausa, se recogía el pelo y se ponía una gomita. Le quedaba bien esa espalda de color arenoso. Viéndola tan concentrada en lo que hacía era absurdo pensar que no era linda, costaba hasta imaginar que podía ser mala persona.
Después de un par de comentarios que no habían tenido la repercusión que esperaba, volví a centrar mi atención en los informes. Esa oficina tenía algo raro, si había gente me costaba concentrarme y si no había nadie me deprimía muy fácil. Yo apoyaba las hojas sobre la pared que tenía enfrente, supuse que de esa forma iba a dolerme menos el cuello y me iba a concentrar más. No sé cuánto tiempo reintenté leer el mismo párrafo, hasta que Silvi me sobresaltó con un comentario ajeno a lo que estábamos haciendo.
— ¡Jodeme que la señora que toma el té es Jime!
Sentí vértigo, como si de alguna manera inexplicable ella hubiese descubierto una identidad secreta.
— ¡Que chusma! — le respondí. Estaba de buen humor y no sabía por qué.
— Lo publicaste en un blog que compartiste en Facebook. ¡Tampoco me puse a revisarte los cajones, che!
Me reí.
— Escribís piola — me comentó. — Capaz tendrías que cambiarle el nombre al blog.
Todavía no me había adaptado al nuevo tema de conversación. Le pregunté si en serio creía que el título era malo.
— Sí, “Qué no se viralice” me suena muy a blog de youtuber adolescente. Para mí podría tener un nombre con más punch.
Hacía un rato parecía estar sobre concentrada en responsabilidades. De un momento al otro estaba diciéndome qué títulos les tenía que poner a las cosas que escribía. ¿Habría un nombre para la unidad de tiempo que contenía diez minutos? ¿Decaminutos? ¿Decenas de minutos? A lo que voy es que pasamos varias de esas unidades comparando nombres posibles para el blog.
— Quiero ponerle un título que sea simple y original al mismo tiempo. Que se le pudiese haber ocurrido a Cortázar o a Spinetta.
— ¿Pero pensaste en algún título así? me preguntaba Silvi, esperando la respuesta como si hubiese tirado una punta en una mano de truco.
— Alguno así, la verdad que no, pero se me vienen dos a la cabeza: “Amor y prestigio” y “Nueve renglones y una obra de arte”, nueve iría con el número.
— El último me gusta, está bueno. “Amor y prestigio” me parece que es colgarse de la fama de otros, es como que le terminás sacando entidad a lo tuyo.
Al segundo que Silvi terminase de hablar, la puerta se abrió. Jime entraba a la oficina con un mate en la mano y sosteniendo un termo en el mismo brazo. El termo tenía una funda fucsia y azul que parecía un pulovercito. Al principio pensamos que venía para comentarnos algo o hasta para charlar un rato con nosotros. Había entrado sonriendo y con sus ojos de búho bien abiertos, como si hubiese venido en búsqueda de alguna distracción. Cuando Silvi le explicó en qué andábamos y la invitó a participar del Brainstorming, Jime enseguida cambió su expresión, y con un mal humor que no terminaba de convencernos nos dijo:
— ¡Ah, bueno! ¡Son dos pelotudes ustedes! Después la termino ligando yo. La que avisa no traiciona: si me preguntan, yo voy a decir que las revisiones no las tengo en fecha porque ustedes se la pasan boludeando y buscando excusas para no laburar.
Inmediatamente después de la advertencia cerró la puerta y se retiró de nuestra sala.
— Está medio mal porque cortó hace nada con el novio — me aclaró Silvi, sin que yo hubiese preguntado nada, haciendo un gesto cómplice que un poquito me incomodó.
— Igual hasta de mal humor y con poco interés la descose — le contesté. — ¡Excusas para no laburar es un muy buen título!
Jime era linda y era verdad que era inteligente, pero no era la señora que tomaba el té. La señora que tomaba el té sonreía bastante más seguido. Después de la exégesis de Silvi me resultaba incómodo leer el poema como si hubiese estado dirigido a Jime. Tuvieron que pasar una semana o dos para que pudiera volver a leerlo con gusto. Más allá de eso, que Silvi hubiese leído el poema y enseguida hubiese pensado en una persona concreta me pareció genial. Quería decir que el texto funcionaba, o al menos lo entendí así.

martes, 30 de mayo de 2017

Cábala

Algunas semanas atrás cené con Agustín y con el chileno en un restaurante de hamburguesas de Las Cañitas. Mientras comíamos, el chileno se indignó porque yo no había visto ningún capítulo de una serie en la que se suponía que el restaurante estaba inspirado. Me la habían recomendando un montón de veces, y personas que valoraba. El chileno me decía que evitaba mirarla para hacerme el superado, pero no era así. No me despertaba interés verla, sólo eso. Descarté definitivamente la propuesta después de que me dijeran que tenía que mirar dos o tres capítulos para engancharme.
Agus se divertía, decía en chiste que el chileno me tenía que pedir que no la viera. No entendían mi (según ellos) empeño en no mirar una serie. Me pareció mejor dejarlo así. Había algo que no entendían. Después de un incidente medio polémico aprendí que a veces es mejor quedarse con la impresión inicial y no  tratar de forzar las cosas.
Hay momentos en los que me siento desconectado del mundo, como si todos estuvieran pendientes de una misma cosa y a mí, aún sabiendo que para el resto es algo muy importante, me da más o menos lo mismo. El fútbol fue uno de los mejores ejemplos. Era un tema que con frecuencia me alejaba de amigos y familiares. No me gustaba, me aburría. Por ahí si veía obras de ficción guionadas sobre ese deporte me podía entretener un rato largo, pero el fútbol de la vida real no me entusiasmaba.
Cuando tenía cuatro o cinco años me gustaba muchísimo el efecto visual de la cancha de noche, con el cielo bien oscuro y la luz de los reflectores proyectada sobre el verde brillante del pasto. Era lindo ver eso en la tele los fines de semana con mi viejo, mi abuelo y algunos primos, pero más allá de los colores, yo prefería hacer otra cosa. En el noventa y ocho me había enganchado con la novela de Los Cebollitas y los muñequitos de los minijugadores que se cambiaban por las tapitas de coca cola. Más entrada la adolescencia valoraba las picadas que a veces acompañaban a los partidos.
Pasaban los años pero mi posición no cambiaba. Sí había otras cosas divertidas que se asociaban al folklore del deporte, como los cantitos de hinchada o cuando los seguidores de un mismo cuadro se reconocían en la calle por llevar puesta la camiseta, una bufanda o una campera de su equipo y se felicitaban o solidarizaban según la situación. Algo bueno que me acuerdo del mundial Corea-Japón es que había sido tanta la euforia que la pobreza casi no se percibía (por desgracia eso había durado sólo hasta el empate con Suecia al final de la primera ronda).
Los mundiales me resultaban incómodos. No me interesaban, pero estaban por todos lados y no tenía muchas ganas de esforzarme en saber quiénes ganaban y quiénes no. Con el tiempo había aprendido a convivir con eso. Trataba de enfocarme en las cosas copadas que tenía el evento, las picadas, las banderas, las discusiones poco comprensibles, las letras de algunos cantitos ingeniosos y poder cambiarle el nombre a un grupo de whatsapp por “Bosnia: preprará el orto!!!” (les juro que había disfrutado eso más que el partido). La compenetración de mis amigos me aburría. El partido contra Irán ya ni me interesó y el siguiente no era tan importante porque podíamos perderlo e igual pasar a la siguiente ronda. Fue raro, durante esas semanas descubrí que podía no mirar los partidos y no pasaba nada, y además evitaba presenciar situaciones en las que no sabía cómo prestar atención. Pasaron las instancias contra Bélgica y Suiza y no me había arrepentido de dormir la siesta o boludear con otras cosas.
Entre conversaciones y prestando un poco más de atención había descubierto el concepto de cábala. Algunos se sentaban siempre en los mismos lugares, otros se reunían a ver los partidos de Argentina aunque estuvieran peleados desde hacía años, otros agarraban un peluche o iban al baño en minutos específicos del primer o segundo tiempo. Cada uno tenía su costumbre o rito bizarro que creía que podía ayudar a la selección. Mi cábala era no mirar los partidos, y mal no nos iba. Con ese descubrimiento llegaba tarde a las picadas. Comentaba mi estrategia, a los chicos les llamaba un poco la atención pero no les molestaba. Mientras comíamos pan, queso y salame, escuchábamos los análisis de la tele: “¿es para tanto?, preguntaba con una sincera curiosidad, ¿de verdad Romero es el mejor arquero de este mundial?”. “No, pero Fantino es así”, me contestaban.
Ese campeonato estaba lleno de magia: indignación porque habían expulsado a un jugador uruguayo, los chistes de Mascerano, Mascerano diciéndole a Romero que ese día se convertiría en héroe, (escena que había visto repetida al día siguiente y que bien podría haber ocurrido durante la saga de Namek), Sabella desmayándose y las historietas de Liniers dedicadas específicamente al torneo. Aunque no viera los partidos sentía un toque de adrenalina, y también esa sensación tan rara de bienestar por formar parte de algo más grande. Era mejor no contarle nada al chileno, prefería dejar pasar su indignación que tener que bancarme sus burlas. Hoy me acuerdo y agradezco haber estado rodeado de gente comprensiva. La final no me la había querido perder.