Hace poco volví a viajar en tren a San
Martín. Como había salido temprano y estaba sentado me importaba poco la
duración del viaje. El tren no era muy distinto al que va a Tigre. Por el coche
pasaban vendedores de golosinas, de linternas y de lupas. Yo esperaba a alguien
que vendiera café, pero nunca lo vi. Después de un par de estaciones empezaron
a pasar músicos. El repertorio era variado. Uno tocaba una canción que había
compuesto con su hija y otro recitaba rimas de protesta contra Macri. Hubo una
canción en particular que llamó mi atención. La escuchaba mientras pensaba en
otras cosas, parecía hablar del amor y de la sabiduría. Por el estribillo asumí
que el nombre era El taller del Maestro.
Pensé que era uno de esos temas que remitían a la épica del héroe de clase
obrera, pero después me di cuenta que
era una canción evangélica. Tienen un encanto extraño las canciones
evangélicas. Son como mirar la película del Rey León doblada al español de
España. Me acuerdo que cuando tenía ocho años había acompañado a una señora
amiga de la familia a una misa en una iglesia evangélica. Había una canción muy
copada que se llamaba El victorioso vive
en mí, la melodía me hacía acordar a la música de fondo del segundo nivel
del Sonic & Knuckles.
No soy creyente, pero puedo leer la Biblia
con el mismo respeto y entusiasmo con el que veo un capítulo de Okupas o leo los
tomos de Bakuman. En la época del colegio me había molestado la idea de la
religión como una serie de imperativos y lecciones. También me ponían muy
incómodo las pruebas en las que me apuntaban con un revólver y me obligaban a
mentir. Con el paso de los años pude reconciliarme con lo religioso, no tanto
como una forma de vida, pero sí como un conjunto muy valorable de interpretaciones
y experiencias.
Hoy pienso que, si se logra dejar de
lado la presión por tener que estar a favor o en contra, se pueden encontrar
cosas muy interesantes en la Biblia. Un profesor de la facultad comparaba a
Jesús con el Che. No me parece mala la analogía, pero por sobre todas las cosas
yo creo que Jesús era un tipo convencido, que estaba dispuesto a poner en
práctica una idea que no iba a poder demostrar de otra forma. Yo lo veo más
parecido a un tipo que está dispuesto a estudiar cine, música, letras o alguna carrera
similar a pesar de que su familia y amigos le amarguen las comidas recordándole
que se va a morir de hambre. Incluso, si no la llegase a pegar con su elección
yo creo que una persona así estaría dispuesta a bancársela.
También veo a Jesús en algunos
humoristas de la vida cotidiana. Esos que aportan a nuestras vidas haciéndonos
reír y nada más, y que pueden sostener su humor hasta en las situaciones
límites, como el condenado a muerte que, al estar a punto de ser ejecutado un
lunes por la mañana exclamaba con una sonrisa: ¡Qué linda manera de empezar la
semana! Hay gente graciosa que no soporta que la carguen, pero Jesús hubiese
asumido las consecuencias de sus chistes. Hacerse
cargo, ese es el término. La gracia del señor estaba en asumir las
consecuencias de las elecciones propias. Jesús era alguien capaz de hacerse
cargo.
De vuelta en casa busqué en internet la
letra de la canción. Ya no me parecía tan copada, es más, me daba un poco de
vergüenza ajena. Pero igual me pareció aplaudible que el tipo fuera y la
cantara en el tren.