martes, 30 de mayo de 2017

Cábala

Algunas semanas atrás cené con Agustín y con el chileno en un restaurante de hamburguesas de Las Cañitas. Mientras comíamos, el chileno se indignó porque yo no había visto ningún capítulo de una serie en la que se suponía que el restaurante estaba inspirado. Me la habían recomendando un montón de veces, y personas que valoraba. El chileno me decía que evitaba mirarla para hacerme el superado, pero no era así. No me despertaba interés verla, sólo eso. Descarté definitivamente la propuesta después de que me dijeran que tenía que mirar dos o tres capítulos para engancharme.
Agus se divertía, decía en chiste que el chileno me tenía que pedir que no la viera. No entendían mi (según ellos) empeño en no mirar una serie. Me pareció mejor dejarlo así. Había algo que no entendían. Después de un incidente medio polémico aprendí que a veces es mejor quedarse con la impresión inicial y no  tratar de forzar las cosas.
Hay momentos en los que me siento desconectado del mundo, como si todos estuvieran pendientes de una misma cosa y a mí, aún sabiendo que para el resto es algo muy importante, me da más o menos lo mismo. El fútbol fue uno de los mejores ejemplos. Era un tema que con frecuencia me alejaba de amigos y familiares. No me gustaba, me aburría. Por ahí si veía obras de ficción guionadas sobre ese deporte me podía entretener un rato largo, pero el fútbol de la vida real no me entusiasmaba.
Cuando tenía cuatro o cinco años me gustaba muchísimo el efecto visual de la cancha de noche, con el cielo bien oscuro y la luz de los reflectores proyectada sobre el verde brillante del pasto. Era lindo ver eso en la tele los fines de semana con mi viejo, mi abuelo y algunos primos, pero más allá de los colores, yo prefería hacer otra cosa. En el noventa y ocho me había enganchado con la novela de Los Cebollitas y los muñequitos de los minijugadores que se cambiaban por las tapitas de coca cola. Más entrada la adolescencia valoraba las picadas que a veces acompañaban a los partidos.
Pasaban los años pero mi posición no cambiaba. Sí había otras cosas divertidas que se asociaban al folklore del deporte, como los cantitos de hinchada o cuando los seguidores de un mismo cuadro se reconocían en la calle por llevar puesta la camiseta, una bufanda o una campera de su equipo y se felicitaban o solidarizaban según la situación. Algo bueno que me acuerdo del mundial Corea-Japón es que había sido tanta la euforia que la pobreza casi no se percibía (por desgracia eso había durado sólo hasta el empate con Suecia al final de la primera ronda).
Los mundiales me resultaban incómodos. No me interesaban, pero estaban por todos lados y no tenía muchas ganas de esforzarme en saber quiénes ganaban y quiénes no. Con el tiempo había aprendido a convivir con eso. Trataba de enfocarme en las cosas copadas que tenía el evento, las picadas, las banderas, las discusiones poco comprensibles, las letras de algunos cantitos ingeniosos y poder cambiarle el nombre a un grupo de whatsapp por “Bosnia: preprará el orto!!!” (les juro que había disfrutado eso más que el partido). La compenetración de mis amigos me aburría. El partido contra Irán ya ni me interesó y el siguiente no era tan importante porque podíamos perderlo e igual pasar a la siguiente ronda. Fue raro, durante esas semanas descubrí que podía no mirar los partidos y no pasaba nada, y además evitaba presenciar situaciones en las que no sabía cómo prestar atención. Pasaron las instancias contra Bélgica y Suiza y no me había arrepentido de dormir la siesta o boludear con otras cosas.
Entre conversaciones y prestando un poco más de atención había descubierto el concepto de cábala. Algunos se sentaban siempre en los mismos lugares, otros se reunían a ver los partidos de Argentina aunque estuvieran peleados desde hacía años, otros agarraban un peluche o iban al baño en minutos específicos del primer o segundo tiempo. Cada uno tenía su costumbre o rito bizarro que creía que podía ayudar a la selección. Mi cábala era no mirar los partidos, y mal no nos iba. Con ese descubrimiento llegaba tarde a las picadas. Comentaba mi estrategia, a los chicos les llamaba un poco la atención pero no les molestaba. Mientras comíamos pan, queso y salame, escuchábamos los análisis de la tele: “¿es para tanto?, preguntaba con una sincera curiosidad, ¿de verdad Romero es el mejor arquero de este mundial?”. “No, pero Fantino es así”, me contestaban.
Ese campeonato estaba lleno de magia: indignación porque habían expulsado a un jugador uruguayo, los chistes de Mascerano, Mascerano diciéndole a Romero que ese día se convertiría en héroe, (escena que había visto repetida al día siguiente y que bien podría haber ocurrido durante la saga de Namek), Sabella desmayándose y las historietas de Liniers dedicadas específicamente al torneo. Aunque no viera los partidos sentía un toque de adrenalina, y también esa sensación tan rara de bienestar por formar parte de algo más grande. Era mejor no contarle nada al chileno, prefería dejar pasar su indignación que tener que bancarme sus burlas. Hoy me acuerdo y agradezco haber estado rodeado de gente comprensiva. La final no me la había querido perder.

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