jueves, 11 de agosto de 2016

Ausencia y desarrollo

Este año empecé a ir seguido a Belgrano. Le tomé cariño, especialmente a la plaza que está sobre Juramento, a una cuadra de Cabildo. Me gusta ir los días de sol. Capaz tenga que ver con que me trae recuerdos de algo lindo que pasó hace varios meses.
Hasta hace poco también iba a una librería que está a una cuadra de esa plaza. En el piso de arriba tienen un barcito. Yo entraba y chusmeaba siempre el mismo libro mientras tomaba un café con leche y comía un pan de chocolate. El día que dejaron de tener la edición que me gustaba dejé de ir. Había llegado hasta la página sesenta, más o menos. Era un libro de divulgación sobre el Zen.
No llegué a formarme una opinión concreta sobre lo que había alcanzado a leer. Algunas partes me parecían interesantes y dignas de retención. A la vez había pasajes que daban la impresión de que el autor se explayaba demasiado sobre ningún tema y por momentos, si me apuran, diría que estaba leyendo pelotudeces. Aún así, hasta ahora no perdí el interés y trato de encontrar esa edición (la otra que estaba disponible tenía una letra muy chiquita y parecía un libro serio).
Me gusta la propuesta del autor de tener una actitud siempre abierta a todo, tanto a lo nuevo como a lo ya conocido, sin mecanizar nada, sin dejar de otorgarle sentido a cada cosa que hacemos. También me gustaron las ideas sobre valorar el error como insumo para el aprendizaje y reverenciar cada cosa que nos rodea, intentando dejar de lado la presión por tener que demostrar algo.
Lo que no me gusta es esa concepción de que ya estamos completos y no necesitamos nada que no tengamos. En ese sentido soy un militante de mi occidentalismo. Creo que si ya tengo todo lo que necesito, mi vida no tiene absolutamente ninguna gracia. Para mí es el deseo lo que hace que la rueda de mi vida se mueva.
El deseo puede hacerme sufrir pero también me hizo feliz muchas veces. Me gusta sentir que no me falta nada, pero eso dura sólo un rato. Si la sensación de estar completo se estabiliza deja de ser agradable. Mi idea de felicidad no tiene que ver con tener, sino con lograr, con obtener, con alcanzar objetivos. 
Los mejores momentos de mi vida (por lo menos los que dependieron en su mayor parte de mí) tuvieron que ver con objetivos, con faltas y ausencias que quise cubrir de alguna forma. Alcanzar esos objetivos siempre me trajo una enorme gratificación pero el “mientras tanto” también lo disfrutaba (aunque en el momento quizás no me diera cuenta). Los recuerdos y anécdotas del proceso y los tiempos de concentración dirigidos a concretar algo que valoro hacen mi felicidad, con eso y afectos siento que mi vida cobra sentido.
No puede haber objetivos sin una falta, al menos no a mí modo de ver las cosas. 
Después de llegar a esta conclusión se me ocurrió publicar en Facebook:


“Quiero una falta. Reivindico mi derecho a una falta.”

La noche de ese mismo día, mientras estaba en un bar haciendo un trabajo práctico del profesorado, unos tipos entraron y nos afanaron a todos. Sobre la mesa que estaba ocupando sólo quedaron mis apuntes y una taza vacía.