La gente
idealiza la primavera. El mes de septiembre está asociado a cosas que se supone
que son copadas: las flores, los sándwiches de miga, la brisa, el incipiente
calorcito, la avenida Santa Fé y cierta belleza estética femenina que pareciera
ser mayor que en otros momentos del año.
Yo también pensaba así y en septiembre me alegraba. Pero ahora no pienso lo
mismo. Que algo florezca no necesariamente es señal de que sea bueno. El
rechazo, la indignación, el malestar y la acidez también tienen esa cualidad.
Conozco gente que en estos días estuvo sacando para afuera cosas que le estaban
molestando.
A principios
de mes tuve un encuentro con Aram. Hubiese preferido evitarlo, pero cuando me
contó que había cortado con Fabiana me sensibilicé y nos terminamos viendo. Nos
encontramos en una confitería un domingo a la tarde. No lo vi particularmente
mal. Más bien parecía indignado, como si hubiese descubierto algo revelador y
le molestase no haberse iluminado antes. Empezó a hablar de Sartre y de los
existencialistas, y a relacionar eso con los motivos por los que había dejado a
su (ahora) ex novia. Me preguntó cómo era estar solo, cómo se sobrevivía. Él decía
que yo era un referente porque mi situación había sido peor. A mí me habían
dejado, yo ni siquiera había tenido opciones. De a poco empecé a prestarle
menos atención, traté de disimularlo mientras él seguía hablando de Fabiana:
que no lo había sabido entender, que no se hacía cargo de sus conflictos, que
lo había humillado, que su odio hacia sí misma lo trasladaba hacia otros para
poder quererse un poco más y otro montón de cosas que eran muy parecidas a las
que ya había dicho. Yo intercalaba monosílabos y a lo sumo le preguntaba por
qué pensaba él que ella había hecho o dicho lo que él decía que había hecho o
dicho.
Cuando
se fue del bar me sentí aliviado. Me quedé leyendo unas fotocopias que parecían
interesantes. Traté de pensar que Aram estaba angustiado y necesitaba hablar,
más allá del significado de sus palabras. Por suerte no me costó dedicarle más
atención al contenido de mis apuntes.
La noche
del jueves de la semana siguiente tuve el after del trabajo. Fui en mi actitud
de “la estoy pasando bien” y me metí en distintos círculos de conocidos. No
sabía que Pulp Fiction era una película tan importante, por ahí valdría la pena
verla. Saber bien lo que uno quiere es difícil, algunos están dando vueltas
hasta los treinta y después salen del molinete y tienen claro qué quieren para
su vida (otros siguen dando vueltas hasta los sesenta y descubren lo que
quieren sin darse cuenta que ya se les pasaron treinta años). Jessico había
significado un cambio para Babasónicos, en los recitales había dejado de
sentirse olor a chivo y se había empezado a sentir olor a perfume.
Con
paciencia y sutileza llegué al grupo de Ren. Estaban conversando (o mejor
dicho, Ren disertaba) sobre el feminismo. Los demás le hacían preguntas. Yo
intentaba meter bocados con cosas que decían en la facultad (como que el feminismo
intentaba visibilizar el rol de sujetos en una relación desigual). Ella estaba
ahí, escuchando. Me gustaba verla indignarse, el tono de su voz, sus cachetes
suaves y lisos, su cara de entusiasmo, su cara de no entender, y también su
cara de no estar entendiendo. No sé si me hubiese privado de conocer a otras
mujeres por ella, pero le hubiera propuesto una monogamia parcial, ser novios
todos los jueves, por ejemplo.
Lamentablemente,
antes de que la conversación se desarrollara vi que Tomás se estaba acercando a
nosotros. Parecía disfrutar cada paso que daba, como si los calculara mediante
el tacto. Tomás es un tipazo, pero prefiero conversar con él cuando no hay
ninguna otra persona conocida (y cuando las personas no conocidas son poco simpáticas).
Enseguida se acopló al grupo y la charla dejó de fluir como antes. Yo estaba
recomendando una película que a mí me parecía increíble porque ilustraba el
amor romántico desde el punto de vista de un hombre. Tomás se lució diciendo
que era un despropósito mirar cine argentino cuando existían directores como Kubrick
o Polanski. Después le hizo tres o cuatro preguntas a Ren (que eran más o menos
lo mismo que repetir con otro tono lo que ella había dicho) y le dijo que la
quería un montón. Ren le contestó que estaba muy bueno que los hombres pudiesen
demostrar lo que sienten. Seguimos conversando hasta que Renata nos pidió que tomáramos
un poco de distancia porque decía que estábamos invadiendo su espacio personal.
Después
de eso el after perdió el encanto. Seguí conversando con gente sobre temas que
bien podrían olvidarse y participando en juegos de adivinanzas y confesiones.
Comenté que el gobierno de Menem había tenido algunos aciertos y dije que, en
mi humilde opinión, a Pappo le sobraban canciones (creo que en ese momento Ren me
sacó una botellita de Heineken que tenía en la mano).
Terminé
volviendo en colectivo con Tomás. No tenía ganas de hablar con él, pero parecía
que él sí. En general no es tan copado como cuando está solo. Decía que Renata
se creía mucho más de lo que era y me preguntaba qué hacía yo los fines de
semana y con quiénes salía. Me contó que le gustaba salir con gente del
interior, porque los porteños le parecían agrandados y, según él, les encanta
competir y mostrarse.
Siempre
me pareció pelotudísima esa idea de que cualquiera, por el solo hecho de ser
del interior, es una persona más sencilla y profunda que los porteños. Más me
molesta cuando esa idea es repetida por porteños como él. Igual me sorprendió
enterarme que a Tomás le podía molestar algo. Daba la impresión de que todo el
tiempo estaba anticipado a cualquier cosa.
La
semana siguiente anduve por la facultad. Tenía que encontrarme con un compañero
para organizar una ponencia. Como de costumbre, llegué temprano y me paseé un
rato por la nueva sede. En el primer piso me crucé con Diego.
Diego
era un amigo y compañero de los primeros años de la carrera. Todavía hoy me
acuerdo con un poco de nostalgia de esos días. Pasábamos el tiempo tomando
cerveza, discutiendo cosas de las materias y hablando mal de gente. Me
encantaba que pudiera expresar con claridad ideas que yo compartía pero que no
sabía formular bien. Después entró como ayudante en una cátedra y me incomodó
que empezase a darle la razón en público a gente a la que siempre habíamos criticado.
Con el tiempo nuestros vínculos cambiaron. Yo perdí el interés en seguir
viéndolo cuando noté que, a la par que decía que en Argentina era imposible
vivir de la carrera, él iba armando su quintita en el Germani.
Cuando
Diego me vio, enseguida se acercó, me
dio un abrazo y me dijo de tomar unos mates en un aula que estaba vacía. Tenía
tiempo antes de que empezara la clase.
No
tardamos en ponernos al día. Más o menos teníamos una idea de en qué andaba
cada uno. Le comenté que me faltaba entregar dos trabajos finales para terminar
la carrera. Él ya se había recibido hacía un tiempo y esperaba resultados sobre
la presentación a una beca. Me preguntó qué pensaba hacer cuando me recibiera.
Fue una pregunta incómoda (quizás porque yo mismo desconocía la respuesta). Le contesté
que planeaba seguir en algún proyecto de investigación y buscar trabajo en
alguna entidad del Estado (en realidad no me acuerdo qué le contesté pero
seguro fue algo parecido a eso). Diego me contó que le apasionaba lo que hacía
pero que le disgustaba el tipo de vínculos que se terminaban generando. Mucha
careteada, decía, y a veces se traicionaba a gente que siempre había trabajado
con uno. Me contó que era común pedir favores sin que hiciera falta y con el
único fin de “no perder el ejercicio del poder”. No eran todos así y había
excepciones, contaba, pero le parecía muy choto que algo que a él le gustaba se
mezclara con formas tan mezquinas de manejarse.
Tuve que
despedirme porque mientras hablábamos me había llegado un mensaje de mi
compañero al celular. Con Diego acordamos juntarnos otro día a tomar una
cerveza.
Todos me
hablaban de otros, casi siempre de gente que no conocía o que conocía poco. Era
divertido escucharlos, parecía que se auto describían. Admito que me dio cierta
gratificación saber que padecían un poquito de lo que generaban, pero eso duró
sólo hasta que me acordé de la gente que critíco yo.