Cuando era más chico me
gustaban las novelas de Conan Doyle. A medida que iba acumulando libros leídos,
noté que no era tanto la resolución de los crímenes lo que me gustaba, sino más
bien las maneras y la personalidad del protagonista. Con el tiempo me di cuenta
que ésa había sido mi
actitud ante muchas personas. Hoy todavía me pasa. Hay gente que me resulta
interesante y a la que le presto mucha atención cuando habla, pero si después
me preguntan los motivos de sus quejas o reclamos, no sabría decirlos. Con
Marcos y con Jime me pasaba un poco eso.
Cuando salimos del
despacho de Marisa, Jime estaba con cara de orto porque parecía que gente de su
oficina se las ingeniaba para asignarle tareas que en realidad les
correspondían a ellos. A eso se sumaba el informe que hacía unos minutos nos habíamos
enterado que teníamos que hacer.
El informe era un
relevamiento del estado y desempeño en cada una de las sedes de educación para
adultos que estaban bajo la jurisdicción del municipio. Teníamos que comparar
la cantidad de ingresantes en cada curso con los que había en la actualidad,
registrar los porcentajes de asistencias y las principales dificultades que los
docentes nos señalasen a la hora de hacer su trabajo. La idea era avanzar con
eso y hacer un informe preliminar, el definitivo íbamos a tener que presentarlo
más cerca de fin de año.
Después de conversarlo,
quedamos en que yo iba a ocuparme de redactar el desarrollo y las formas en que
habíamos obtenido los datos. Jime iba a mostrar y explicar los resultados y
Silvi se iba a encargar de preparar las matrices e ir armando cuadros útiles
para tenerlos listos en el momento en que se los pidiésemos.
Jime me había sugerido
que le pidiera a Marcos que nos ayudase (decía que me llevaba muy bien con él).
Según ella, Marcos visitaba seguido las sedes y tenía experiencia con ese tipo
de tareas. A los dos días Jime me preguntó si había podido averiguar algo.
— Le escribí, pero me
contestó que no quiere ser cómplice de ningún ajuste.
— ¡Qué hijo de puta! –
protestó Jime —. ¡Esto ya se viene haciendo desde el último censo y él había
participado como capacitador el año pasado!
Quería reírme, pero me
pareció más estratégico poner cara de situación.
La
deadline es el 20 de octubre, repetía Jime.
Los días que siguieron
fueron un embole. Silvi andaba con cara de no tener ganas de que la distrajeran.
Jime necesitaba dejar bien claras sus preocupaciones. Yo escribía en un
cuaderno de hojas lisas, porque sentía que el contacto con las ideas era más
inmediato. La última palabra importante resonaba de distintas formas en mi
cabeza, deadline. Deadline, dead line,
línea muerta, death line. A mí cabeza había vuelto un recuerdo de hacía
años. Era incluso anterior a las lecturas de los casos de Holmes. Era una
boludez, pero me había salvado durante esos días de tedio.
Cuando estaba en
segundo año del secundario había una fila de bancos a la que le decían la fila
de la muerte. Estaba ubicada a la izquierda de todo y muy cerca de la puerta de
entrada al aula. Si se contaban desde el escritorio del profesor, que estaba a
la derecha de todo, era la última fila y tenía sólo cuatro pupitres. Por azares
de la vida, los chicos que se sentaban ahí casi nunca hacían la tarea y tenían
notas más bien bajas. El mote de fila de la muerte se lo había puesto un
profesor que era relativamente joven, tendría menos de treinta años en ese
momento.
Me acuerdo que una vez,
uno de los de la fila de la muerte se había sentado en otro lugar cualquiera.
El profesor de lengua, que era un gallego medio distraído le había tomado oral
desde el asiento y el pibe había contestado bastante bien todas las preguntas.
— Parece que no presta
atención, pero en realidad está muy pendiente y razona muy bien — decía el
profe sorprendido.
En realidad, los chicos
que estaban cerca le soplaban las respuestas con la intención de darle más
fuerza al mito.
Cualquier investigador
o investigadora en ciencias sociales o en ciencias de la educación diría que
asignarle el rótulo de “fila de la muerte” al espacio físico en el que sentaban
cuatro alumnos era una práctica estigmatizante, y yo pienso que hubiese tenido
razón. También pienso que a esos pibes les chupaba un huevo que les dijeran así,
y que también existen pedagogos que (aunque creen que no es lo más deseable)
consideran que tener fama de portarse mal o que los padres sean solicitados con
frecuencia son otras de las formas que asume el prestigio (peor, según esta
gente, sería que pasasen los años y no se acordasen de quiénes eran los pibes).
Dentro de ese contexto en particular, todos terminaron el secundario y pudieron
rebuscárselas para, por lo menos, no ser pobres.
No volvería ni en pedo
al colegio, pero la distancia me ayudó a retomar algunas cosas que me hacían
reir o que después en la vida se repitieron de otra manera. Hasta podemos
darnos el lujo de editarlas y retomar sólo la parte divertida, como con los
casos de Holmes o las disconformidades de Jime. Gracias al recuerdo de la fila
de la muerte, esas semanas se volvieron más llevaderas. Días antes de entregar
el informe, Silvi me dijo que estaba
raro. A veces era divertida, pero cuando se enojaba por estar concentrada
en algo podía llegar a ser muy hiriente. Había preferido respetar ese estado.
A la segunda o tercer
visita a la sala, Jime expresó su sorpresa.
— Por momentos parecés
quedado en el tiempo, pero ojalá yo pudiera disfrutar así mi trabajo.
— Vamos a llegar con la
deadline, Jime — le contesté con
entusiasmo.
Lo del tiempo siempre
pensé que lo había dicho porque usaba un cuaderno y no la compu. Yo sólo quería
sonreír sin que me hicieran sentir que no trabajaba.