viernes, 6 de octubre de 2017

Entrada (más bien no) triunfal


Sobre nuestra mesa había un globo sin inflar, un silbato de plástico y otros chiches de cotillón. Mi atención la acaparaba el sombrerito verde que llevaba puesto. A esa altura sentí que iba a ser linda siempre.
La cabeza me trabajaba demasiado. Un poco me molestó que avisara en el grupo de whatsapp que estábamos en ese bar, por si alguien quería sumarse. Pensé que sería buena idea ir al baño, bajar un cambio, y poder ver todo desde un poco más lejos.
El baño de hombres estaba arriba. Funcionaba como un espacio separado de todo lo demás, como un purgatorio al que podía entrar y salir a gusto. En algunos juegos, cuando apretaba start y hacía una pausa, los colores de la pantalla se oscurecían o se volvían más claros. Ahí pasaba algo parecido. La luz fluorescente desentonaba con la noche y con la ambientación del lugar. El chorro de agua fría casi lastimaba mis manos. Como no había papeles tuve que secarme en el jean. No sabía si esa noche iba a pasar algo distinto, pero quise que el encuentro fuese al menos memorable.
Evité apurarme al bajar, quería hacer que el evento durase lo más posible. A pesar de la música, podía sentir el ruido de mis pisadas en los escalones chatos de metal. Cerca del escenario (bastante improvisado) algunos estaban bailando.
Cuando volví a la mesa todavía seguía jugando con Dorothy (a su celular le decía Dorothy). Ni se había percatado de que había vuelto y por un rato su mirada no se movió de la pantallita luminosa. Yo seguía mirándola. Aproveché un globo que caía cerca para empujarlo hacia ella. La trayectoria que hizo el globo fue distinta a la que yo había esperado y ella siguió mirando el celular sin percibir ningún cambio alrededor suyo. Sí había llamado la atención de una de las mozas, que justo pasaba cerca de nuestra mesa y al ver la escena se había empezado a reír. La señaló y me miró con cara medio burlona, como preguntándome ¿se lo querías tirar? Por lo menos la situación sirvió para que guardase a Dorothy y se diera cuenta que había vuelto.
En menos de un minuto estábamos hablando de vuelta. Sonaba un tema que me parecía conocido, tenía un estilo muy Vilma Palma. Aunque no lo bailara, el dedo índice y sus hombros podían seguir la música y adelantarse a la melodía. Cuando le pregunté el nombre de la canción se sorprendió.  Decía que ser menor no era motivo para no conocer el tema (sólo me llevaba un año en realidad). Había cosas que se sabían según ella. Mientras trataba de diluir en risas mi vergüenza, nos trajeron la comida.
Las papas con queso cheddar y panceta siempre fueron una buena elección, y si bien cada papa es diferente, las que hacían en ese bar tenían un sabor encendido y hogareño que nunca le faltaría el respeto al que las probase. Su boca también era especial, era capaz de dar lógica hasta al veganismo part time.
Intentaba disfrutar del tiempo presente concentrándome en el gusto de las papas cuando otra voz se incorporó a la mesa.
— ¡Muy buena la entrada sobre los cancheritos!
Era Julia. Hacía un rato había estado tocando en el escenario con otro músico. Con una amplia sonrisa nos saludó y dijo que la alegraba que hubiésemos venido.
— Estuve hablando con gente de Mañana no vuelve — me dijo a mí —, ¡Me parece que podrías venirte y leer algunos textos!
Mientras me precisaba algunos detalles sobre la fecha y el lugar del evento, vimos que un tipo grandote y con barba que llevaba una campera negra la estaba llamando.
— ¡Después hablamos bien! — dijo y acto seguido se dirigió a los dos — ¡Qué bueno que vinieron! — se dio un beso en la palma de la mano y nos saludó apurada pero sin descuidar la prolijidad de sus gestos.
— Es muy atenta con vos — me dijo sonriendo, después de que Julia siguiera su trayecto.
— Es copada — le contesté —. Me gustan las canciones que escribe, si no la ves y la escuchás genera la impresión de que es linda.
— La estás bardeando — me contestó con cara de no entender el motivo de mi comentario.
— No, lo que quiero decir es que… — hice una pausa para ordenar mis ideas y seguí—. A ver, es linda, pero si no la conocés y sólo escuchas sus canciones da la impresión de que es linda igual, aunque no la hubieses visto nunca.
Ella se río.
— Está bien, ya entendí que le querés dar.
— ¡No, para nada!
Me miró como queriendo decir que no me creía, que estaba en confianza y que no hacía falta mentir. Nunca había visto a alguien que hiciera un ejercicio tan versátil de la belleza.
— No, no particularmente — insistí.
— Ah, ¿pero colectivamente sí? ¿Si fuera con más de una persona te prenderías?
— Digamos que no sería mi primera opción.
Hubiese querido decirle lo buena que estaba, que me divertía la forma en que sus comentarios me sacaban de lugar, pedirle que nunca perdiera el entusiasmo que le daba a cada cosa que decía. Me hubiese gustado decírselo todo, pero no podía, más que nada porque ya se lo había dicho y no se había inmutado.
Buscando otro tema de conversación agarré uno de los individuales y le pedí que dijera algo para que lo dibujase.
— Un submarino — contestó, casi como reflejo.
Empecé a dibujar, sosteniendo la hoja con la otra mano.
— ¿Sabés una cosa? — le pregunté —. A veces me preocupa que haya gente que se sienta implicada en cosas que escribo y se arme quilombo.
Le devolví el dibujo.
— Dibujaste un barco — me dijo.
— Sí, me dijiste un submarino — le contesté sin entender por qué se sorprendía.
— Podrías haber dibujado una copa de vidrio con chocolate y leche caliente, con el humito arriba – puso la mano a la altura de su nariz y movió los cuatro dedos imitando la forma del vapor.
La miré como diciendo uh, me cagaste o no me la esperaba. Después de eso retomó mi pregunta del principio.
— Siempre alguien se puede ofender por lo que lee.
— Pero yo a veces me baso en cosas que me pasan o en alguna persona que conocí — le insistí.
Viéndolo en retrospectiva creo que en realidad buscaba algún tipo de consentimiento.
— ¿Y dejarías de escribir por eso?
— ¡No! ¡Me gusta! ¡Está bueno!
— ¿Entonces? Si te preocupa tanto, primero putealos a todos y después ponéte a escribir tranquilo y sin pausa.
Sentía que con nuestra charla estábamos trazando el espacio y éste se volvía materia. El respaldo de las sillas, los cubiertos, la noche, la comida, el baño de hombres o la luz calibrada para poder vernos sin que iluminase de más, parecía que todo se estaba constituyendo a través de las idas y vueltas de las palabras.
Quería darle un beso. Era el único intento que quedaba. Los deseos nos definen, no importaba si se trataba de Rowling, de la Biblia o de autores agrandados y muy poco conocidos que había leído en la facultad, cada cual lo decía con sus términos.
Ya no me preocupaba lo que pudiera pasar. Ni siquiera me importaba si iba a pasar algo. Simplemente había cosas que tenían que ir en su lugar. Era así y era así, con orgullo. Era una forma de correspondencia ontológica, como lo que tiene volumen ocupa un lugar en el espacio, o como el tomo tres de Dragon Ball no podía estar nunca antes que el dos. Quería ser lo que me estaba pasando, las sensaciones, la persona y el lugar físico tenían que volver a unirse en una única acción.
Fui directo hacia su boca, sin que me importara nada más, ni siquiera la mesa (objeto inanimado sobre el cual una de mis manos estaba depositando el peso del resto del cuerpo). To kiss or not to kiss, tenía que querer darle un beso para ser. ¿Qué iba a pasar después de dárselo? ¿Seguiría siendo?
El momento épico no se había demorado para volverse un recuerdo. Fernet, queso cheddar, papas y panceta, todo estaba encima mío. Tuve suerte de que en el bar sólo usaran vasos de plástico (y de llevar puestos los lentes de contacto ese día). Una moza (que ojalá haya sido la misma que antes había pasado cerca de nuestra mesa) se reía y esta vez sin hacer ningún esfuerzo por disimularlo.
— ¡Es mortal este pibe! ¡Invítenlo más seguido!
Mi cabeza en ese momento era capaz de pensar sin recurrir a las palabras, y me sugirió que me quedase en el suelo hasta que pudiera levantarme solo sin sentir que me temblaran las piernas. A medida que mi percepción de todo se iba acomodando, noté que me miraba. No tenía idea de lo que podía estar pasando por su cabeza en ese momento, pero tenía los ojos muy abiertos. No sabía si sentía enojo, incomodidad o vergüenza, pero sí que la escena la había sorprendido. Deseaba que esa distancia no se extendiese nunca. Sus pupilas eran redondas, más grandes que el resto de sus ojos, de un color oscuro, cada vez más intenso.
Conocer lo que había del otro lado hubiese sido una distinción, hasta en el caso de que no hubiese nada más que iris, coroides y retina, la humanización también habría sido hermosa. No habría estado mal sentirme menos intimidado.

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