martes, 6 de junio de 2017

Excusas para no trabajar

El mediodía se arrimaba de a poco a la sala. Siempre turnábamos los lugares. Esa mañana el escritorio incómodo me había tocado a mí. Por mucho que lo intentara o lo volviera a intentar, estaba muy poco inspirado para leer informes. Cada media carilla de lectura me distraía mirando a Silvi mientras trabaja con la compu. Pensaba, ensayaba, se equivocaba y volvía a pensar. Estaba demasiado metida en sus tareas, parecía que hasta podía percibir y disfrutar el gusto de sus errores. Cada tanto le fruncía el seño al monitor. Yo no entendía bien por qué sonreía. En el marco de algo que daba la impresión de ser un cuarto de pausa, se recogía el pelo y se ponía una gomita. Le quedaba bien esa espalda de color arenoso. Viéndola tan concentrada en lo que hacía era absurdo pensar que no era linda, costaba hasta imaginar que podía ser mala persona.
Después de un par de comentarios que no habían tenido la repercusión que esperaba, volví a centrar mi atención en los informes. Esa oficina tenía algo raro, si había gente me costaba concentrarme y si no había nadie me deprimía muy fácil. Yo apoyaba las hojas sobre la pared que tenía enfrente, supuse que de esa forma iba a dolerme menos el cuello y me iba a concentrar más. No sé cuánto tiempo reintenté leer el mismo párrafo, hasta que Silvi me sobresaltó con un comentario ajeno a lo que estábamos haciendo.
— ¡Jodeme que la señora que toma el té es Jime!
Sentí vértigo, como si de alguna manera inexplicable ella hubiese descubierto una identidad secreta.
— ¡Que chusma! — le respondí. Estaba de buen humor y no sabía por qué.
— Lo publicaste en un blog que compartiste en Facebook. ¡Tampoco me puse a revisarte los cajones, che!
Me reí.
— Escribís piola — me comentó. — Capaz tendrías que cambiarle el nombre al blog.
Todavía no me había adaptado al nuevo tema de conversación. Le pregunté si en serio creía que el título era malo.
— Sí, “Qué no se viralice” me suena muy a blog de youtuber adolescente. Para mí podría tener un nombre con más punch.
Hacía un rato parecía estar sobre concentrada en responsabilidades. De un momento al otro estaba diciéndome qué títulos les tenía que poner a las cosas que escribía. ¿Habría un nombre para la unidad de tiempo que contenía diez minutos? ¿Decaminutos? ¿Decenas de minutos? A lo que voy es que pasamos varias de esas unidades comparando nombres posibles para el blog.
— Quiero ponerle un título que sea simple y original al mismo tiempo. Que se le pudiese haber ocurrido a Cortázar o a Spinetta.
— ¿Pero pensaste en algún título así? me preguntaba Silvi, esperando la respuesta como si hubiese tirado una punta en una mano de truco.
— Alguno así, la verdad que no, pero se me vienen dos a la cabeza: “Amor y prestigio” y “Nueve renglones y una obra de arte”, nueve iría con el número.
— El último me gusta, está bueno. “Amor y prestigio” me parece que es colgarse de la fama de otros, es como que le terminás sacando entidad a lo tuyo.
Al segundo que Silvi terminase de hablar, la puerta se abrió. Jime entraba a la oficina con un mate en la mano y sosteniendo un termo en el mismo brazo. El termo tenía una funda fucsia y azul que parecía un pulovercito. Al principio pensamos que venía para comentarnos algo o hasta para charlar un rato con nosotros. Había entrado sonriendo y con sus ojos de búho bien abiertos, como si hubiese venido en búsqueda de alguna distracción. Cuando Silvi le explicó en qué andábamos y la invitó a participar del Brainstorming, Jime enseguida cambió su expresión, y con un mal humor que no terminaba de convencernos nos dijo:
— ¡Ah, bueno! ¡Son dos pelotudes ustedes! Después la termino ligando yo. La que avisa no traiciona: si me preguntan, yo voy a decir que las revisiones no las tengo en fecha porque ustedes se la pasan boludeando y buscando excusas para no laburar.
Inmediatamente después de la advertencia cerró la puerta y se retiró de nuestra sala.
— Está medio mal porque cortó hace nada con el novio — me aclaró Silvi, sin que yo hubiese preguntado nada, haciendo un gesto cómplice que un poquito me incomodó.
— Igual hasta de mal humor y con poco interés la descose — le contesté. — ¡Excusas para no laburar es un muy buen título!
Jime era linda y era verdad que era inteligente, pero no era la señora que tomaba el té. La señora que tomaba el té sonreía bastante más seguido. Después de la exégesis de Silvi me resultaba incómodo leer el poema como si hubiese estado dirigido a Jime. Tuvieron que pasar una semana o dos para que pudiera volver a leerlo con gusto. Más allá de eso, que Silvi hubiese leído el poema y enseguida hubiese pensado en una persona concreta me pareció genial. Quería decir que el texto funcionaba, o al menos lo entendí así.

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