El mediodía se arrimaba de a poco a la
sala. Siempre turnábamos los lugares. Esa mañana el escritorio incómodo me
había tocado a mí. Por mucho que lo intentara o lo volviera a intentar, estaba
muy poco inspirado para leer informes. Cada media carilla de lectura me
distraía mirando a Silvi mientras trabaja con la compu. Pensaba, ensayaba, se
equivocaba y volvía a pensar. Estaba demasiado metida en sus tareas, parecía
que hasta podía percibir y disfrutar el gusto de sus errores. Cada tanto le
fruncía el seño al monitor. Yo no entendía bien por qué sonreía. En el marco de
algo que daba la impresión de ser un cuarto de pausa, se recogía el pelo y se
ponía una gomita. Le quedaba bien esa espalda de color arenoso. Viéndola tan concentrada
en lo que hacía era absurdo pensar que no era linda, costaba hasta imaginar que
podía ser mala persona.
Después de un par de comentarios que no
habían tenido la repercusión que esperaba, volví a centrar mi atención en los
informes. Esa oficina tenía algo raro, si había gente me costaba concentrarme y
si no había nadie me deprimía muy fácil. Yo apoyaba las hojas sobre la pared
que tenía enfrente, supuse que de esa forma iba a dolerme menos el cuello y me
iba a concentrar más. No sé cuánto tiempo reintenté leer el mismo párrafo,
hasta que Silvi me sobresaltó con un comentario ajeno a lo que estábamos
haciendo.
— ¡Jodeme que la señora que toma el té
es Jime!
Sentí vértigo, como si de alguna manera
inexplicable ella hubiese descubierto una identidad secreta.
— ¡Que chusma! — le respondí. Estaba de
buen humor y no sabía por qué.
— Lo publicaste en un blog que
compartiste en Facebook. ¡Tampoco me puse a revisarte los cajones, che!
Me reí.
— Escribís piola — me comentó. — Capaz
tendrías que cambiarle el nombre al blog.
Todavía no me había adaptado al nuevo
tema de conversación. Le pregunté si en serio creía que el título era malo.
— Sí, “Qué no se viralice” me suena muy a blog de youtuber adolescente.
Para mí podría tener un nombre con más punch.
Hacía un rato parecía estar sobre concentrada
en responsabilidades. De un momento al otro estaba diciéndome qué títulos les
tenía que poner a las cosas que escribía. ¿Habría un nombre para la unidad de
tiempo que contenía diez minutos? ¿Decaminutos? ¿Decenas de minutos? A lo que
voy es que pasamos varias de esas unidades comparando nombres posibles para el
blog.
— Quiero ponerle un título que sea simple
y original al mismo tiempo. Que se le pudiese haber ocurrido a Cortázar o a
Spinetta.
— ¿Pero pensaste en algún título así? — me preguntaba Silvi,
esperando la respuesta como si hubiese tirado una punta en una mano de truco.
— Alguno así, la verdad que no, pero se
me vienen dos a la cabeza: “Amor y
prestigio” y “Nueve renglones y una
obra de arte”, nueve iría con el número.
— El último me gusta, está bueno. “Amor y prestigio” me parece que es
colgarse de la fama de otros, es como que le terminás sacando entidad a lo
tuyo.
Al segundo que Silvi terminase de hablar,
la puerta se abrió. Jime entraba a la oficina con un mate en la mano y
sosteniendo un termo en el mismo brazo. El termo tenía una funda fucsia y azul
que parecía un pulovercito. Al principio pensamos que venía para comentarnos
algo o hasta para charlar un rato con nosotros. Había entrado sonriendo y con
sus ojos de búho bien abiertos, como si hubiese venido en búsqueda de alguna
distracción. Cuando Silvi le explicó en qué andábamos y la invitó a participar
del Brainstorming, Jime enseguida cambió
su expresión, y con un mal humor que no terminaba de convencernos nos dijo:
— ¡Ah, bueno! ¡Son dos pelotudes
ustedes! Después la termino ligando yo. La que avisa no traiciona: si me
preguntan, yo voy a decir que las revisiones no las tengo en fecha porque
ustedes se la pasan boludeando y buscando excusas para no laburar.
Inmediatamente después de la advertencia
cerró la puerta y se retiró de nuestra sala.
— Está medio mal porque cortó hace nada
con el novio — me aclaró Silvi, sin que yo hubiese preguntado nada, haciendo un
gesto cómplice que un poquito me incomodó.
— Igual hasta de mal humor y con poco
interés la descose — le contesté. — ¡Excusas para no laburar es un muy buen
título!
Jime era linda y era verdad que era
inteligente, pero no era la señora que tomaba el té. La señora que tomaba el té
sonreía bastante más seguido. Después de la exégesis de Silvi me resultaba
incómodo leer el poema como si hubiese
estado dirigido a Jime. Tuvieron que pasar una semana o dos para que
pudiera volver a leerlo con gusto. Más allá de eso, que Silvi hubiese leído el poema
y enseguida hubiese pensado en una persona concreta me pareció genial. Quería
decir que el texto funcionaba, o al menos lo entendí así.
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