Belgrano es animarse a salir del cine
cuando la película es una mierda. Es el lugar al que voy después de dejar las
cosas que me hacen mal. Belgrano son los cachetes de Sol cuando se ríe, el chaw
mien de trasnoche, un gusto de helado con el nombre Crema Santander Río y las
conversaciones sobre el Fantasma Escritor y las secundarias con orientación
artística cerca de la plaza. También son algunas tardes en Nucha con Fede e
Ignacio, sacándonos fotos con habanos improvisados y después cagarnos de la
risa de las señoras que aparecen en el fondo con cara de no entender nada. Nada
malo puede pasar en Belgrano, salvo por ahí que en un Café Martínez algunas
viejas escuchen audios del celular con el volumen alto y sin auriculares, o que
los mozos de esa misma confitería te quieran echar poniendo música de Lisandro
Aristimuño y “Amores como el nuestro” al mismo tiempo. También es el lado
hermoso del miedo, no tendríamos por qué sentirlo si no hubiera cosas que
quisiéramos cuidar o si todo en la vida nos diera lo mismo. Belgrano es la
rivalidad que produce, la realidad definida por lo que quisiéramos que fuese y
no es. Es pararse en la esquina del Multiplex antes de que empiece la función
de Logan, mientras un amigo va a buscar las entradas, pensar en todas estas
cosas, y poder decirlas aunque no las entiendan.

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