sábado, 8 de julio de 2017

Belgrano

Belgrano es animarse a salir del cine cuando la película es una mierda. Es el lugar al que voy después de dejar las cosas que me hacen mal. Belgrano son los cachetes de Sol cuando se ríe, el chaw mien de trasnoche, un gusto de helado con el nombre Crema Santander Río y las conversaciones sobre el Fantasma Escritor y las secundarias con orientación artística cerca de la plaza. También son algunas tardes en Nucha con Fede e Ignacio, sacándonos fotos con habanos improvisados y después cagarnos de la risa de las señoras que aparecen en el fondo con cara de no entender nada. Nada malo puede pasar en Belgrano, salvo por ahí que en un Café Martínez algunas viejas escuchen audios del celular con el volumen alto y sin auriculares, o que los mozos de esa misma confitería te quieran echar poniendo música de Lisandro Aristimuño y “Amores como el nuestro” al mismo tiempo. También es el lado hermoso del miedo, no tendríamos por qué sentirlo si no hubiera cosas que quisiéramos cuidar o si todo en la vida nos diera lo mismo. Belgrano es la rivalidad que produce, la realidad definida por lo que quisiéramos que fuese y no es. Es pararse en la esquina del Multiplex antes de que empiece la función de Logan, mientras un amigo va a buscar las entradas, pensar en todas estas cosas, y poder decirlas aunque no las entiendan.


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