lunes, 26 de junio de 2017

Deadline

Cuando era más chico me gustaban las novelas de Conan Doyle. A medida que iba acumulando libros leídos, noté que no era tanto la resolución de los crímenes lo que me gustaba, sino más bien las maneras y la personalidad del protagonista. Con el tiempo me di cuenta que ésa había sido mi actitud ante muchas personas. Hoy todavía me pasa. Hay gente que me resulta interesante y a la que le presto mucha atención cuando habla, pero si después me preguntan los motivos de sus quejas o reclamos, no sabría decirlos. Con Marcos y con Jime me pasaba un poco eso.
Cuando salimos del despacho de Marisa, Jime estaba con cara de orto porque parecía que gente de su oficina se las ingeniaba para asignarle tareas que en realidad les correspondían a ellos. A eso se sumaba el informe que hacía unos minutos nos habíamos enterado que teníamos que hacer.
El informe era un relevamiento del estado y desempeño en cada una de las sedes de educación para adultos que estaban bajo la jurisdicción del municipio. Teníamos que comparar la cantidad de ingresantes en cada curso con los que había en la actualidad, registrar los porcentajes de asistencias y las principales dificultades que los docentes nos señalasen a la hora de hacer su trabajo. La idea era avanzar con eso y hacer un informe preliminar, el definitivo íbamos a tener que presentarlo más cerca de fin de año.
Después de conversarlo, quedamos en que yo iba a ocuparme de redactar el desarrollo y las formas en que habíamos obtenido los datos. Jime iba a mostrar y explicar los resultados y Silvi se iba a encargar de preparar las matrices e ir armando cuadros útiles para tenerlos listos en el momento en que se los pidiésemos.
Jime me había sugerido que le pidiera a Marcos que nos ayudase (decía que me llevaba muy bien con él). Según ella, Marcos visitaba seguido las sedes y tenía experiencia con ese tipo de tareas. A los dos días Jime me preguntó si había podido averiguar algo.
— Le escribí, pero me contestó que no quiere ser cómplice de ningún ajuste.
— ¡Qué hijo de puta! – protestó Jime —. ¡Esto ya se viene haciendo desde el último censo y él había participado como capacitador el año pasado!
Quería reírme, pero me pareció más estratégico poner cara de situación.
La deadline es el 20 de octubre, repetía Jime.
Los días que siguieron fueron un embole. Silvi andaba con cara de no tener ganas de que la distrajeran. Jime necesitaba dejar bien claras sus preocupaciones. Yo escribía en un cuaderno de hojas lisas, porque sentía que el contacto con las ideas era más inmediato. La última palabra importante resonaba de distintas formas en mi cabeza, deadline. Deadline, dead line, línea muerta, death line. A mí cabeza había vuelto un recuerdo de hacía años. Era incluso anterior a las lecturas de los casos de Holmes. Era una boludez, pero me había salvado durante esos días de tedio.
Cuando estaba en segundo año del secundario había una fila de bancos a la que le decían la fila de la muerte. Estaba ubicada a la izquierda de todo y muy cerca de la puerta de entrada al aula. Si se contaban desde el escritorio del profesor, que estaba a la derecha de todo, era la última fila y tenía sólo cuatro pupitres. Por azares de la vida, los chicos que se sentaban ahí casi nunca hacían la tarea y tenían notas más bien bajas. El mote de fila de la muerte se lo había puesto un profesor que era relativamente joven, tendría menos de treinta años en ese momento.
Me acuerdo que una vez, uno de los de la fila de la muerte se había sentado en otro lugar cualquiera. El profesor de lengua, que era un gallego medio distraído le había tomado oral desde el asiento y el pibe había contestado bastante bien todas las preguntas.
— Parece que no presta atención, pero en realidad está muy pendiente y razona muy bien — decía el profe sorprendido.
En realidad, los chicos que estaban cerca le soplaban las respuestas con la intención de darle más fuerza al mito.
Cualquier investigador o investigadora en ciencias sociales o en ciencias de la educación diría que asignarle el rótulo de “fila de la muerte” al espacio físico en el que sentaban cuatro alumnos era una práctica estigmatizante, y yo pienso que hubiese tenido razón. También pienso que a esos pibes les chupaba un huevo que les dijeran así, y que también existen pedagogos que (aunque creen que no es lo más deseable) consideran que tener fama de portarse mal o que los padres sean solicitados con frecuencia son otras de las formas que asume el prestigio (peor, según esta gente, sería que pasasen los años y no se acordasen de quiénes eran los pibes). Dentro de ese contexto en particular, todos terminaron el secundario y pudieron rebuscárselas para, por lo menos, no ser pobres.
No volvería ni en pedo al colegio, pero la distancia me ayudó a retomar algunas cosas que me hacían reir o que después en la vida se repitieron de otra manera. Hasta podemos darnos el lujo de editarlas y retomar sólo la parte divertida, como con los casos de Holmes o las disconformidades de Jime. Gracias al recuerdo de la fila de la muerte, esas semanas se volvieron más llevaderas. Días antes de entregar el informe, Silvi me dijo que estaba raro. A veces era divertida, pero cuando se enojaba por estar concentrada en algo podía llegar a ser muy hiriente. Había preferido respetar ese estado.
A la segunda o tercer visita a la sala, Jime expresó su sorpresa.
— Por momentos parecés quedado en el tiempo, pero ojalá yo pudiera disfrutar así mi trabajo.
— Vamos a llegar con la deadline, Jime — le contesté con entusiasmo.
Lo del tiempo siempre pensé que lo había dicho porque usaba un cuaderno y no la compu. Yo sólo quería sonreír sin que me hicieran sentir que no trabajaba. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario