martes, 20 de junio de 2017

Generaciones

— Quiero hacer las cosas sintiendo que las estoy haciendo bien, y una vez que las entregue no preocuparme tanto por las devoluciones, a lo sumo tenerlas en cuenta para una corrección o para una próxima vez.
A Jime le gustaba el trabajo, o por lo menos en algún momento lo había empezado a hacer muy motivada o de eso quería convencerse. Según lo que contaba, parecía que en algún momento se había olvidado de qué era lo que había valorado tanto.
Jime decía que estábamos confundiendo la felicidad con la acumulación de logros y que podíamos terminar en el horno si no nos avivábamos a tiempo. La charla de a poco se había convertido en un desahogo sobre las familias, el exitismo y la obsesión por los títulos. Yo estaba sorprendido. Era raro escuchar a Jime hablar sobre la felicidad. Para las personas como ella suele ser una mala palabra, casi como recomendar libros de Coelho en reuniones con gente seria y copada.
—Igual no es sólo lo laboral — comentaba Silvi —. A veces nos preocupamos por mostrar una imagen y terminamos convenciéndonos de una pose sin saber si de verdad es lo que queremos. Tengo unas amigas que— hizo una pausa y tragó saliva—, pobres, yo las re quiero, pero siempre que salimos están tres horas arreglándose hasta dar la impresión de que brillan, y si vos sólo ves las fotos en Facebook, pensás que la pasan re bien, pero en realidad están con cara de orto casi toda la noche.
Siguieron contando anécdotas y trayendo ejemplos de cosas que ya no tenían una relación tan clara con el tema inicial. Jime recurrió a nuevos lugares comunes, como contarnos que cuando era adolescente e iba a salir con alguien la tenían que llamar a la casa y atendían sus viejos. El término millennials saltó un par de veces en la conversación.
El tema se diluyó en el almuerzo. Después Jime tenía una capacitación en el segundo piso y Silvi tenía que ir a buscar unos formularios y atender asuntos de un centro educativo en Wilde. Antes de irse, Silvi me achacó que no había dicho nada durante la conversación.
— ¿Estás bien? Pensé que te interesaban estos temas. Podrías haber dicho algo.
— Estaba interesante lo que hablaban— le contesté —, pero decían muchas cosas. Cuando yo quería decir algo ustedes ya estaban con otro tema. Preferí escucharlas.
— Podrías hablar también, no hace falta que sean monólogos para que hables.
Hubiese querido decirle que se equivocaba, que en serio me interesaba escucharlas, pero igual se iba a ir rápido y yo me habría quedado con cosas para decir.
Había quedado solo en la oficina y me costaba dejar de pensar en la conversación. La idea de perseguir objetivos y al mismo tiempo escapar de lo que de verdad quería ser me angustiaba un poco. Pensar que en realidad quería algo que no era lo que estaba haciendo y que mis logros habían sido, en alguna medida, objetivos impuestos por otros me daba miedo ¿Y eso era común a una generación, querer destacarse sin saber cómo ni por qué?
Mis preocupaciones fueron interrumpidas por Marcos, que acababa de entrar en la oficina. Como Silvi no estaba, aprovechó para usar su escritorio y revisar algunas declaraciones juradas de docentes. Sus tareas incluían supervisar centros y hablar con profesores y tutores del área de educación obligatoria. No trabajaba siempre en la sede del municipio, por eso cuando venía no disponía de un lugar fijo.
Supongo que a esa altura él ya se había dado cuenta, pero siempre que trabajábamos en la misma sala o que presenciaba nuestras reuniones yo esperaba que dijera algo. Me hacía acordar al personaje de Rafiki de El Rey León.
Él trabajaba rápido pero sin ningún tipo de presión, como si estuviese jugando. Supuse que no le iba a molestar que lo distrajera, así que le comenté lo que me estaba dando vueltas en la cabeza.
— Che, Marcos — le dije—me preocupan un poco los millennials.
—A mí me preocupa bastante, y me hincha mucho las pelotas, la gente que es desprolija y después viene con reclamos.
Al parecer no lo había distraído mucho de sus tareas.
— ¿Están muy mal llenados esos formularios?— le pregunté.
— Mirá, todo bien con resistir con aguante — me dijo —. Yo también resisto, acá, los fines de semana, en el chino también, pero si vos llenas mal tu declaración después no protestes porque hay una demora en el depósito.
Marcos me hacía reír hasta cuando estaba enojado, es más, creo que cuando se enojaba era particularmente gracioso. A la vez me sentía un poco incómodo. Nunca supe bien qué decir cuando otro se quejaba de cuestiones que me eran ajenas. Lo dejé seguir trabajando por un rato y después repetí la pregunta.
— Che—lo interrumpí — ¿Y que opinás de los millennials?
— No son millennials estos profesores, varios tendrán de treinta o cuarenta para arriba— me contestó sin correr la mirada de su bic roja y los papeles—. En sí no me preocupan mucho, son medio bobos y egocéntricos, sí, pero no están tan alejados a nosotros en edad. Ni idea de quiénes sean los que me cambien los pañales cuando esté viejo, pero millennials seguro no.
— ¡Pero nosotros somos millennials! —metí la oración contento por saber que con eso iba a poder encarrilar la charla hacia el lugar que a mí me interesaba.
— ¡No! ¿Por qué? ¿Porque tenemos cuenta en Facebook?
Viendo que estábamos interpretando cosas distintas, le conté con más detalles lo que habían estado hablando Jime y Silvi sobre el exitismo y la falta de objetivos reales.
— Jime no es millennials—Marcos pronunciaba la “ese” aunque estuviese hablando en singular—, ya es grande y debería dejar de llorar por cada cosa que le pasa.
— Pero Jime tiene veintisiete, igual que yo —me apuré a decirle para que me excluyera del bardo.
— Primero— dijo, ya suspendiendo la atención a las hojas y mirándome a mí— nosotros no somos tan chicos—hizo una pausa como queriendo confirmar que lo que decía era correcto—. Segundo, ¿Jime tiene veintisiete? Eso lo quisiera chequear, creo que está teniendo veintisiete desde hace bastante. El día que pueda hablar sin quebrarse con una docente que está histérica porque no le depositaron el sueldo, ese día, por ahí, la tome más en serio. Después anda diciendo que la subestiman porque no le gusta trabajar con planillas de Excel.
La idea de Jime teniendo otra edad me parecía interesante. Si era así, quería decir que yo todavía tenía tiempo para adquirir sus destrezas. Más allá de eso, Marcos seguía hablando de Jime y no de los millennials. Intenté retomar el tema.
—Che, pero sacando a Jime, ¿por qué decís que no somos millennials? En nuestra crianza la tecnología tuvo muchísimo que ver.
—Sí, pero las consecuencias que eso pueda tener en nosotros no son muy distintas a las que se dan en otra gente. Mi vieja, por ejemplo, usa Facebook y se separó hará unos tres o cuatro años  — hizo una pausa y continuó—, y cuando se entera de alguna novedad de mi viejo, por Facebook — enfatizó —, yo me la tengo que fumar por lo que quede de la semana.
— Pero en nosotros influyó desde mucho más chicos. Nuestra relación con la tecnología es otra. Nosotros nos criamos con computadoras e internet. ¿No te parece que somos una generación que no sabe bien qué quiere y al final su objetivo termina siendo mostrar sólo una imagen?
— ¡Pero eso no tiene un carajo que ver con la época ni con la edad que tengamos! ¿Nunca miraste Aladdin? ¿No veías las novelas de Thalía o de Natalia Oreiro cuando eras chico? Ahí no existía Facebook y la gente igual se preocupaba por mostrarse de una forma que no era.
— Está bien, pero todo eso lo potencian las redes sociales.
— Sí, pero eso no nos hace millennials, le pasa a gente de distintas edades. Los millennials son los nacidos del noventa y pico largo para acá. Nosotros ya estamos lejos—Esto último lo dijo con un tono forzado de lamento, como queriendo mostrarse duro y orgulloso—. ¡Yo no iba al secundario con una laptop propia!
Marcos me había desconcertado, hablaba mucho en un lapso de tiempo muy corto. Tardaba en seguirlo. Me gustaba escucharlo, más allá de que algunas cosas que decía no me convencían.
— Ojo, me parece que los millennials nacen a partir de mediados de los ochenta.
—No —insistió—. Nosotros con suerte manejamos una red social. Tenés Facebook, ¿pero Instagram usás?
— Lo abrí, pero no llegue a subir nada —Le contesté sin entender el porqué de la pregunta.
— ¿Tsúiwrer?– Marcos había dicho algo raro que sonaba a “twitter”, fuera de contexto no lo habría entendido.
— Lo mismo.
— ¿Ves? Los pibes esos se manejan a través de varios de esos medios al mismo tiempo. Nosotros no. Nosotros somos otra cosa.
— ¿Qué cosa? ¿La generación Y?
— No.
— ¿Qué somos nosotros?

— Los herederos de Perón y de Evita.

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