— Quiero hacer las cosas sintiendo que las estoy haciendo bien, y una
vez que las entregue no preocuparme tanto por las devoluciones, a lo sumo tenerlas
en cuenta para una corrección o para una próxima vez.
A Jime
le gustaba el trabajo, o por lo menos en algún momento lo había empezado a
hacer muy motivada o de eso quería convencerse. Según lo que
contaba, parecía que en algún momento se había olvidado de qué era lo que había
valorado tanto.
Jime decía que estábamos confundiendo la felicidad con la acumulación de
logros y que podíamos terminar en el horno si no nos avivábamos a tiempo. La charla
de a poco se había convertido en un desahogo sobre las familias, el exitismo y
la obsesión por los títulos. Yo estaba sorprendido. Era raro escuchar a Jime
hablar sobre la felicidad. Para las personas como ella suele ser una mala
palabra, casi como recomendar libros de Coelho en reuniones con gente seria y
copada.
—Igual no es sólo lo laboral — comentaba Silvi —. A veces nos preocupamos
por mostrar una imagen y terminamos convenciéndonos de una pose sin saber si de
verdad es lo que queremos. Tengo unas amigas que— hizo una pausa y tragó saliva—,
pobres, yo las re quiero, pero siempre que salimos están tres horas
arreglándose hasta dar la impresión de que brillan, y si vos sólo ves las fotos
en Facebook, pensás que la pasan re bien, pero en realidad están con cara de
orto casi toda la noche.
Siguieron contando anécdotas y trayendo ejemplos de cosas que ya no
tenían una relación tan clara con el tema inicial. Jime recurrió a nuevos
lugares comunes, como contarnos que cuando era adolescente e iba a salir con
alguien la tenían que llamar a la casa y atendían sus viejos. El término millennials saltó un par de veces en la
conversación.
El tema se diluyó en el almuerzo. Después Jime tenía una capacitación en
el segundo piso y Silvi tenía que ir a buscar unos formularios y atender asuntos
de un centro educativo en Wilde. Antes de irse, Silvi me achacó que no había
dicho nada durante la conversación.
— ¿Estás bien? Pensé que te interesaban estos temas. Podrías haber dicho
algo.
— Estaba interesante lo que hablaban— le contesté —, pero decían muchas
cosas. Cuando yo quería decir algo ustedes ya estaban con otro tema. Preferí
escucharlas.
— Podrías hablar también, no hace falta que sean monólogos para que
hables.
Hubiese querido decirle que se equivocaba, que en serio me interesaba
escucharlas, pero igual se iba a ir rápido y yo me habría quedado con cosas para
decir.
Había quedado solo en la oficina y me costaba dejar de pensar en la
conversación. La idea de perseguir objetivos y al mismo tiempo escapar de lo
que de verdad quería ser me angustiaba un poco. Pensar que en realidad quería
algo que no era lo que estaba haciendo y que mis logros habían sido, en alguna
medida, objetivos impuestos por otros me daba miedo ¿Y eso era común a una
generación, querer destacarse sin saber cómo ni por qué?
Mis preocupaciones fueron interrumpidas por Marcos, que acababa de
entrar en la oficina. Como Silvi no estaba, aprovechó para usar su escritorio y
revisar algunas declaraciones juradas de docentes. Sus tareas incluían
supervisar centros y hablar con profesores y tutores del área de educación obligatoria.
No trabajaba siempre en la sede del municipio, por eso cuando venía no disponía
de un lugar fijo.
Supongo que a esa altura él ya se había dado cuenta, pero siempre que
trabajábamos en la misma sala o que presenciaba nuestras reuniones yo esperaba
que dijera algo. Me hacía acordar al personaje de Rafiki de El Rey León.
Él trabajaba rápido pero sin ningún tipo de presión, como si estuviese
jugando. Supuse que no le iba a molestar que lo distrajera, así que le comenté lo
que me estaba dando vueltas en la cabeza.
— Che, Marcos — le
dije—me preocupan un poco los millennials.
—A mí me preocupa
bastante, y me hincha mucho las pelotas, la gente que es desprolija y después
viene con reclamos.
Al parecer no lo había
distraído mucho de sus tareas.
— ¿Están muy mal
llenados esos formularios?— le pregunté.
— Mirá, todo bien con
resistir con aguante — me dijo —. Yo también resisto, acá, los fines de semana,
en el chino también, pero si vos llenas mal tu declaración después no protestes
porque hay una demora en el depósito.
Marcos me hacía reír
hasta cuando estaba enojado, es más, creo que cuando se enojaba era
particularmente gracioso. A la vez me sentía un poco incómodo. Nunca supe bien
qué decir cuando otro se quejaba de cuestiones que me eran ajenas. Lo dejé
seguir trabajando por un rato y después repetí la pregunta.
— Che—lo interrumpí — ¿Y
que opinás de los millennials?
— No son millennials
estos profesores, varios tendrán de treinta o cuarenta para arriba— me contestó
sin correr la mirada de su bic roja y los papeles—. En sí no me preocupan
mucho, son medio bobos y egocéntricos, sí, pero no están tan alejados a
nosotros en edad. Ni idea de quiénes sean los que me cambien los pañales cuando
esté viejo, pero millennials seguro no.
— ¡Pero nosotros somos
millennials! —metí la oración contento por saber que con eso iba a poder
encarrilar la charla hacia el lugar que a mí me interesaba.
— ¡No! ¿Por qué?
¿Porque tenemos cuenta en Facebook?
Viendo que estábamos
interpretando cosas distintas, le conté con más detalles lo que habían estado
hablando Jime y Silvi sobre el exitismo y la falta de objetivos reales.
— Jime no es
millennials—Marcos pronunciaba la “ese” aunque estuviese hablando en singular—,
ya es grande y debería dejar de llorar por cada cosa que le pasa.
— Pero Jime tiene
veintisiete, igual que yo —me apuré a decirle para que me excluyera del bardo.
— Primero— dijo, ya
suspendiendo la atención a las hojas y mirándome a mí— nosotros no somos tan
chicos—hizo una pausa como queriendo confirmar que lo que decía era correcto—.
Segundo, ¿Jime tiene veintisiete? Eso lo quisiera chequear, creo que está
teniendo veintisiete desde hace bastante. El día que pueda hablar sin quebrarse
con una docente que está histérica porque no le depositaron el sueldo, ese día,
por ahí, la tome más en serio. Después anda diciendo que la subestiman porque
no le gusta trabajar con planillas de Excel.
La idea de Jime
teniendo otra edad me parecía interesante. Si era así, quería decir que yo todavía
tenía tiempo para adquirir sus destrezas. Más allá de eso, Marcos seguía
hablando de Jime y no de los millennials. Intenté retomar el tema.
—Che, pero sacando a
Jime, ¿por qué decís que no somos millennials? En nuestra crianza la tecnología
tuvo muchísimo que ver.
—Sí, pero las
consecuencias que eso pueda tener en nosotros no son muy distintas a las que se
dan en otra gente. Mi vieja, por ejemplo, usa Facebook y se separó hará unos
tres o cuatro años — hizo una pausa y continuó—,
y cuando se entera de alguna novedad de mi viejo, por Facebook — enfatizó —, yo
me la tengo que fumar por lo que quede de la semana.
— Pero en nosotros
influyó desde mucho más chicos. Nuestra relación con la tecnología es otra.
Nosotros nos criamos con computadoras e internet. ¿No te parece que somos una
generación que no sabe bien qué quiere y al final su objetivo termina siendo
mostrar sólo una imagen?
— ¡Pero eso no tiene un
carajo que ver con la época ni con la edad que tengamos! ¿Nunca miraste Aladdin?
¿No veías las novelas de Thalía o de Natalia Oreiro cuando eras chico? Ahí no
existía Facebook y la gente igual se preocupaba por mostrarse de una forma que
no era.
— Está bien, pero todo
eso lo potencian las redes sociales.
— Sí, pero eso no nos
hace millennials, le pasa a gente de distintas edades. Los millennials son los
nacidos del noventa y pico largo para acá. Nosotros ya estamos lejos—Esto
último lo dijo con un tono forzado de lamento, como queriendo mostrarse duro y
orgulloso—. ¡Yo no iba al secundario con una laptop propia!
Marcos me había
desconcertado, hablaba mucho en un lapso de tiempo muy corto. Tardaba en
seguirlo. Me gustaba escucharlo, más allá de que algunas cosas que decía no me
convencían.
— Ojo, me parece que
los millennials nacen a partir de mediados de los ochenta.
—No —insistió—. Nosotros
con suerte manejamos una red social. Tenés Facebook, ¿pero Instagram usás?
— Lo abrí, pero no llegue a subir nada
—Le contesté sin entender el porqué de la pregunta.
— ¿Tsúiwrer?–
Marcos había dicho algo raro que sonaba a “twitter”, fuera de contexto no lo habría
entendido.
— Lo mismo.
— ¿Ves? Los pibes esos
se manejan a través de varios de esos medios al mismo tiempo. Nosotros no. Nosotros somos otra cosa.
— ¿Qué cosa? ¿La generación Y?
— No.
— ¿Qué somos nosotros?
— Los herederos de Perón y de Evita.
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