Algunas semanas atrás cené
con Agustín y con el chileno en un restaurante de hamburguesas de Las Cañitas. Mientras
comíamos, el chileno se indignó porque yo no había visto ningún capítulo de una
serie en la que se suponía que el restaurante estaba inspirado. Me la habían
recomendando un montón de veces, y personas que valoraba. El chileno me decía
que evitaba mirarla para hacerme el superado, pero no era así. No me despertaba
interés verla, sólo eso. Descarté definitivamente la propuesta después de que
me dijeran que tenía que mirar dos o tres capítulos para engancharme.
Agus se divertía, decía
en chiste que el chileno me tenía que pedir que no la viera. No entendían mi (según
ellos) empeño en no mirar una serie. Me pareció mejor dejarlo así. Había algo
que no entendían. Después de un incidente medio polémico aprendí que a veces es
mejor quedarse con la impresión inicial y no
tratar de forzar las cosas.
Hay momentos en los que
me siento desconectado del mundo, como si todos estuvieran pendientes de una
misma cosa y a mí, aún sabiendo que para el resto es algo muy importante, me da
más o menos lo mismo. El fútbol fue uno de los mejores ejemplos. Era un tema
que con frecuencia me alejaba de amigos y familiares. No me gustaba, me
aburría. Por ahí si veía obras de ficción guionadas sobre ese deporte me podía
entretener un rato largo, pero el fútbol de la vida real no me entusiasmaba.
Cuando tenía cuatro o
cinco años me gustaba muchísimo el efecto visual de la cancha de noche, con el
cielo bien oscuro y la luz de los reflectores proyectada sobre el verde
brillante del pasto. Era lindo ver eso en la tele los fines de semana con mi
viejo, mi abuelo y algunos primos, pero más allá de los colores, yo prefería
hacer otra cosa. En el noventa y ocho me había enganchado con la novela de Los
Cebollitas y los muñequitos de los minijugadores que se cambiaban por las
tapitas de coca cola. Más entrada la adolescencia valoraba las picadas que a
veces acompañaban a los partidos.
Pasaban los años pero
mi posición no cambiaba. Sí había otras cosas divertidas que se asociaban al
folklore del deporte, como los cantitos de hinchada o cuando los seguidores de
un mismo cuadro se reconocían en la calle por llevar puesta la camiseta, una
bufanda o una campera de su equipo y se felicitaban o solidarizaban según la
situación. Algo bueno que me acuerdo del mundial Corea-Japón es que había sido
tanta la euforia que la pobreza casi no se percibía (por desgracia eso había durado
sólo hasta el empate con Suecia al final de la primera ronda).
Los mundiales me
resultaban incómodos. No me interesaban, pero estaban por todos lados y no
tenía muchas ganas de esforzarme en saber quiénes ganaban y quiénes no. Con el
tiempo había aprendido a convivir con eso. Trataba de enfocarme en las cosas copadas
que tenía el evento, las picadas, las banderas, las discusiones poco
comprensibles, las letras de algunos cantitos ingeniosos y poder cambiarle el
nombre a un grupo de whatsapp por “Bosnia:
preprará el orto!!!” (les juro que había disfrutado eso más que el
partido). La compenetración de mis amigos me aburría. El partido contra Irán ya
ni me interesó y el siguiente no era tan importante porque podíamos perderlo e
igual pasar a la siguiente ronda. Fue raro, durante esas semanas descubrí que
podía no mirar los partidos y no pasaba nada, y además evitaba presenciar
situaciones en las que no sabía cómo prestar atención. Pasaron las instancias
contra Bélgica y Suiza y no me había arrepentido de dormir la siesta o boludear
con otras cosas.
Entre conversaciones y
prestando un poco más de atención había descubierto el concepto de cábala.
Algunos se sentaban siempre en los mismos lugares, otros se reunían a ver los
partidos de Argentina aunque estuvieran peleados desde hacía años, otros
agarraban un peluche o iban al baño en minutos específicos del primer o segundo
tiempo. Cada uno tenía su costumbre o rito bizarro que creía que podía ayudar a
la selección. Mi cábala era no mirar los partidos, y mal no nos iba. Con ese
descubrimiento llegaba tarde a las picadas. Comentaba mi estrategia, a los chicos
les llamaba un poco la atención pero no les molestaba. Mientras comíamos pan,
queso y salame, escuchábamos los análisis de la tele: “¿es para tanto?, preguntaba con una sincera curiosidad, ¿de verdad Romero es el mejor arquero de
este mundial?”. “No, pero Fantino es
así”, me contestaban.
Ese campeonato estaba
lleno de magia: indignación porque habían expulsado a un jugador uruguayo, los
chistes de Mascerano, Mascerano diciéndole a Romero que ese día se convertiría
en héroe, (escena que había visto repetida al día siguiente y que bien podría haber
ocurrido durante la saga de Namek), Sabella desmayándose y las historietas de
Liniers dedicadas específicamente al torneo. Aunque no viera los partidos
sentía un toque de adrenalina, y también esa sensación tan rara de bienestar
por formar parte de algo más grande. Era mejor no contarle nada al chileno,
prefería dejar pasar su indignación que tener que bancarme sus burlas. Hoy me
acuerdo y agradezco haber estado rodeado de gente comprensiva. La final no me
la había querido perder.