lunes, 31 de julio de 2017

El tiempo y sus consumos problemáticos

Tengo una adicción a perder el tiempo. No, pero en serio lo digo. Soy capaz de hacer cualquier cosa, menos la que tendría que estar haciendo en ese momento. Me da placer. Me encanta ir a la placita, oler el aire, girar la cabeza de un lado a otro y hacer que se vaya el dolor de cuello. El problema es que durante ese tiempo yo tendría que estar terminando de escribir no sé qué informe sobre coordinadores y docentes de centros educativos en Remedios de Escalada.
A veces, muy cada tanto, puedo escribir el borrador del informe en la plaza y después pasarlo a Word (así, como para sentir que no estoy trabajando). Igual admito que me resulta más fácil leer en la plaza si lo que llevo es un comic.
Perder el tiempo cuando no es para darle gustos a otros es hermoso. Lo que me hace mal es lo que viene después. El prestigio le corresponde siempre a la gente que hace cosas. Lo peor es que me gustaría ganar más plata y recibir algún que otro elogio. Quisiera figurar en listas de gente importante como los miembros de una orquesta o los actores de una obra de teatro, pero eso siempre le toca a otros.
Quisiera tener el reconocimiento que tiene Silvi, por ejemplo, pero no quiero trabajar lo mismo que ella, ¡sería un embole! El otro día en el medio de una charla, la invité a comer hamburguesas y ni siquiera me dijo que no. Su respuesta fue que, no sé, que había encontrado un diario zonal con varias noticias para nuestro trabajo (está bien que eso es un no, pero hubiese preferido que se tomara la molestia de inventar una excusa).
Así y todo, sé que aporto y no poco. Cuando están saturados con tareas y fechas de entrega para ayer, todos los que se destacan no discuten con sus jefes ni van a terapia, sino que me llaman a mí para que los escuche. También está Jime, que es una referente y es brillante. Siempre trae buenas ideas, pero labura muy a desgano, como si lo hiciera sólo por compromiso. A veces habla de lo trabada que se siente o de frustraciones que no alcanzo a entender. Le sugiero que mire alguna serie o algún video en Youtube y ella se sorprende y me dice que no sabe de dónde saco tanta data divertida. Tengo una pareja amiga que me invita seguido a su casa a ver películas, comer pizza y jugar a los jueguitos. Cada tanto invitan a dos o tres amigos más y organizamos torneos de Mortal Kombat. Arman estrategias y esquemas para que no abuse del juego. Uno de los participantes llegó a decir que jugar contra mí era como desafiar a una pared. Yo me preocupo por dejar claro lo bien que la paso. Evito hacer esfuerzos para organizar próximos encuentros. Me importa que sean ellos los que me inviten.

No pierdo las esperanzas, sé que algún día voy a poder vivir de lo que ya sé hacer y a las actividades para las que me tenga que esforzar voy a hacerlas por convicción propia. Armé un sistema para cumplir con las tareas sin sentir que estoy cumpliendo. El secreto está en ampliar las responsabilidades y estar siempre donde no tengo que estar. Me inscribí a una maestría para redactar durante las clases los informes sobre las sedes, los fines de semana largos voy al departamento de Aram a no darle de comer a su gata y a procesar encuestas, y en los talleres de escritura ensayo propuestas para llevar al equipo de trabajo.

sábado, 8 de julio de 2017

Belgrano

Belgrano es animarse a salir del cine cuando la película es una mierda. Es el lugar al que voy después de dejar las cosas que me hacen mal. Belgrano son los cachetes de Sol cuando se ríe, el chaw mien de trasnoche, un gusto de helado con el nombre Crema Santander Río y las conversaciones sobre el Fantasma Escritor y las secundarias con orientación artística cerca de la plaza. También son algunas tardes en Nucha con Fede e Ignacio, sacándonos fotos con habanos improvisados y después cagarnos de la risa de las señoras que aparecen en el fondo con cara de no entender nada. Nada malo puede pasar en Belgrano, salvo por ahí que en un Café Martínez algunas viejas escuchen audios del celular con el volumen alto y sin auriculares, o que los mozos de esa misma confitería te quieran echar poniendo música de Lisandro Aristimuño y “Amores como el nuestro” al mismo tiempo. También es el lado hermoso del miedo, no tendríamos por qué sentirlo si no hubiera cosas que quisiéramos cuidar o si todo en la vida nos diera lo mismo. Belgrano es la rivalidad que produce, la realidad definida por lo que quisiéramos que fuese y no es. Es pararse en la esquina del Multiplex antes de que empiece la función de Logan, mientras un amigo va a buscar las entradas, pensar en todas estas cosas, y poder decirlas aunque no las entiendan.