Bullrich
quiere argentinos que inventen empleos. Voy a darle el gusto. Ahora, que se
ocupe él de convencer a sus amigos para que abran las búsquedas laborales.
En
una de cada tres materias de la facultad se hablaba del líder carismático, ese
que podía dirigir al mundo en virtud de sus cualidades extraordinarias. Estos
tipos, por lo general, son recordados (a veces para bien y otras no), y estoy
convencido de que en algunos casos fueron necesarios, pero también creo que los
países de occidente están como están por una sobreoferta de líderes. No todos
pueden vivir de tocar la guitarra, algunos tienen que conseguir la sala, y
otros ocuparse de que venga el público, sin nombrar a todas las personas que recurren
a otros trabajos o piden plata para poder financiarse las entradas.
Tampoco
quiero que esto se entienda como una justificación para que vivamos en un mundo
choto y aburrido. Sé que algunos se van a sorprender, pero existe gente que la
pasa muy mal cuando sufre. A mí, por lo menos, me interesa producir con
emoción. El aburrimiento no debería pasar de ser una alarma que nos dice que
hay que añadir retoques en nuestra vida (y volver atrás si éstos no nos
convencen demasiado). Los equipos de trabajo necesitan un nuevo jugador: el articulador,
el héroe carismático, o si les gusta más, el burócrata-administrativo
carismático.
Los
grupos en los que todos quieren dirigir implosionan. Tampoco pueden durar si la
mayoría de los miembros trabaja hasta quemarse la cabeza. En un grupo que produce
se necesitan dirigentes que puedan conducir sin hacerse detestar por la mayoría
de sus compañeros, sólo deberían quemarse aquellos que genuinamente lo considerasen
como algo positivo y meritorio, también hacen falta otros integrantes que
aporten el resto. Hace falta un individuo que pueda llenar los innúmerables baches
que surgen de forma más o menos imprevista. Alguien que pueda inspirar, por ahí
no motivación o confianza, pero si tranquilidad y buen humor. Esta persona
tiene que ser alguien relajado/a, ocurrente, y, en particular, muy chusma. Tiene que tener una visión panorámica del
desempeño del equipo y ser capaz de reemplazar de manera provisoria a cualquier
integrante. En una entrevista acerca del arte, la felicidad y el comportamiento
de grupos, el maestro Nizuma advertía las dificultades que podía acarrear a
nivel profesional ser un hombre de muchos
oficios y maestro de ninguno. Si bien no es mi objetivo discutir con los
aportes de Nizuma, creo que esta visión fuerza una dicotomía que no existe
entre el saber generalista y la especialización. El saber generalista es una especialización. No se trata de
ser una persona de muchos oficios, sino de poder relacionar tareas múltiples
sin descuidar la funcionalidad al equipo. Aunque algunos se rían o les suene a
chamuyo, la verdad es que se pueden encontrar antecedentes y cualidades de esta
figura en distintos espacios.
En
muchas empresas las secretarias y recepcionistas realizan actividades que
ayudan a que el resto del personal pueda trabajar de una forma más tranquila (a
veces hasta se ocupan de tareas que les dan pereza a quienes les correspondería
hacerlas). Un rol parecido cumplía el personaje de Piccolo en Dragon Ball, era
bastante grosso pero siempre se quedaba corto al lado de los personajes principales
o de los antagonistas de turno. Así y todo, Piccolo cumplía funciones como
entrenar a los personajes más jóvenes, pensar estrategias para solucionar
problemas, brindar información útil (en varios capítulos podíamos entender lo
que estaba pasando gracias a sus explicaciones), resistir frente a los enemigos
más fuertes y darles pelea a los de níveles medios. A nivel musical tenemos un
referente argentino y contemporáneo, Ricardo Iorio, que en una entrevista en la
tele alegaba que Paul McCartney era virtuoso como bajista pero no sabía hacer ninguna
otra cosa, él, en cambio, podía arreglar motores, hacer un pastone y labrar la
tierra. Aunque la especialización de McCartney, en este caso, resulte económicamente
más redituable que el conjunto de saberes de Iorio, no deja de ser interesante
el hecho de que se señale la preferencia por saberes múltiples e integrados.
Por último, y a nivel académico-profesional, encontramos la figura del médico
clínico, que a mi criterio es uno de los ejemplos más claros de este rol. Si
bien está muy difundida la idea del médico clínico como médico raso y sin
especialización, la verdad es que es una formación especializada en las
diferencias entre especialidades y en las formas de identificarlas. Son ellos
los que, en lo que compete al cuerpo y al organismo humano, tienen una visión
del conjunto.
Hacen
falta más articuladores (con aportes, vacaciones pagas y recibo de sueldo). Si
bien cada una de las figuras nombradas tiene características propias,
necesitamos que se generen más roles que impliquen un conjunto de saberes
múltiples y relacionables. El articulador tiene que ser alguien con la cabeza
despejada sin que esto evite que disponga de un arsenal de ideas, herramientas
y propuestas. Es alguien que puede tomarse dos minutos para hurgar con detenimiento
en su bolsillo y de ahí sacar sus conocimientos (y su tiempo ocioso) para
ponerlos a disposición del equipo. Los/as que están hasta las manos de trabajo
necesitan al articulador para que los asista y así seguir concentrándose en su
objetivo específico sin angustiarse más de lo que considerasen necesario. El articulador, a su vez, necesita a la gente
que trabaja de manera más intensa porque de no ser así, no habría puentes, ni
pasillos ni flujos de trabajo que cuidar y regular.
Hace
poco fui a tomar un café con Aram y le hablé de mi propuesta. No sé por qué,
pero siempre que nos vemos me termina pasando lo mismo, acepto su invitación y después
me arrepiento con ganas. Dijo que yo no quería laburar y dio un discurso muy
denso que incluía alusiones a la vagancia, a la inmadurez y a no ponerla.
Mientras hablaba, yo pensaba en cómo había sido Aram cuando tenía cuatro
años. Me lo imaginaba con guardapolvo
cuadrillé y un cuellito rojo contándole a sus compañeros de jardín que Papel
Noel no existía, que era un tipo disfrazado en connivencia con los padres. Igual
esa charla también hizo falta. Él cumplía su rol de evaluador. El burócrata
carismático también necesita a otro con quién discutir, alguien que impulse el
desarrollo y testeo de sus ideas (por más que fuese de forma involuntaria) y a
quien no quiera parecerse. Además, y aunque después la interpretásemos de
maneras distintas, él fue el que en su momento me había explicado lo que
significaba la frase emblema de un gran juego de mesa: timeo hominem unius libri.
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