Toda la épica, la
utilidad y el sentido de la vida entraban bien apretados en ese único mes. La intriga,
la temeridad, la incertidumbre, la vergüenza, el miedo, la angustia y el
orgullo cambiaban sus lugares con la misma velocidad con la que la ruedita de la
bic se desplazaba por las hojas. Me había convertido en un equipo de cuatro jugadores:
la frente, los ojos y mi mano diestra. Izquierda,
derecha, abajo, izquierda, derecha, abajo. Pocas sensaciones eran tan hermosas
como dirigir mi mano y saber con qué iba a llenar los renglones que venían. Mis
dedos nunca estarían más cerca del patinaje sobre hielo. Controlaba mi mano,
pero ya no la podía sentir. El cansancio y el sueño eran como un tren que
pasaba a toda velocidad por el carril de al lado, podía percibirlos sin que me
afectaran mucho. Quería concentrarlo todo en un último trazo, aunque fracasara
estrepitosamente, aunque nunca me enterase si había valido la pena. A cambio de
un solo intento digno era capaz de consumir la totalidad de mi espíritu. La preocupación llegaba cuando prendía el
monitor. Era como esa persona que quería borrar del Facebook y tenía que pensar
bien cómo. Si seguía mirando lo escrito iba a ver más errores por todos lados.
Me dolía la cabeza y esa vez un poco en serio. Apagué la compu. No quería
caerme, pero cada vez se volvían más inevitables la incertidumbre y las
preguntas sin sentido: ¿cómo sabía que no estaba haciendo las cosas mal? Julia
había reconocido los avances, decía que estaban buenos, pero la entrega era en
dos días. ¿Y si había tirado la toalla y me decía que iba bien sólo porque ya
estaba echada la suerte? No quería desarmarme, por eso preferí agarrar otro
cuaderno y volver a reordenarlo todo, por ahí un poco más despacio. A veces hay
que sacrificar la entidad de los objetivos para poder alcanzarlos. Los nervios
se diluían pero sólo hasta cierto punto. Algo de paranoia seguía ahí, conmigo.
Sólo podía elegir una vía entre comer, dormir o hacer que la angustia ardiese
hasta ser desplazada por el orgullo. Me serví un vaso de coca cero. Estaba
tentado por cocinarme unos fideos, pero ya no podía.
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