viernes, 28 de abril de 2017

El taller del maestro

Hace poco volví a viajar en tren a San Martín. Como había salido temprano y estaba sentado me importaba poco la duración del viaje. El tren no era muy distinto al que va a Tigre. Por el coche pasaban vendedores de golosinas, de linternas y de lupas. Yo esperaba a alguien que vendiera café, pero nunca lo vi. Después de un par de estaciones empezaron a pasar músicos. El repertorio era variado. Uno tocaba una canción que había compuesto con su hija y otro recitaba rimas de protesta contra Macri. Hubo una canción en particular que llamó mi atención. La escuchaba mientras pensaba en otras cosas, parecía hablar del amor y de la sabiduría. Por el estribillo asumí que el nombre era El taller del Maestro. Pensé que era uno de esos temas que remitían a la épica del héroe de clase obrera, pero después me di cuenta que era una canción evangélica. Tienen un encanto extraño las canciones evangélicas. Son como mirar la película del Rey León doblada al español de España. Me acuerdo que cuando tenía ocho años había acompañado a una señora amiga de la familia a una misa en una iglesia evangélica. Había una canción muy copada que se llamaba El victorioso vive en mí, la melodía me hacía acordar a la música de fondo del segundo nivel del Sonic & Knuckles.
No soy creyente, pero puedo leer la Biblia con el mismo respeto y entusiasmo con el que veo un capítulo de Okupas o leo los tomos de Bakuman. En la época del colegio me había molestado la idea de la religión como una serie de imperativos y lecciones. También me ponían muy incómodo las pruebas en las que me apuntaban con un revólver y me obligaban a mentir. Con el paso de los años pude reconciliarme con lo religioso, no tanto como una forma de vida, pero sí como un conjunto muy valorable de interpretaciones y experiencias.
Hoy pienso que, si se logra dejar de lado la presión por tener que estar a favor o en contra, se pueden encontrar cosas muy interesantes en la Biblia. Un profesor de la facultad comparaba a Jesús con el Che. No me parece mala la analogía, pero por sobre todas las cosas yo creo que Jesús era un tipo convencido, que estaba dispuesto a poner en práctica una idea que no iba a poder demostrar de otra forma. Yo lo veo más parecido a un tipo que está dispuesto a estudiar cine, música, letras o alguna carrera similar a pesar de que su familia y amigos le amarguen las comidas recordándole que se va a morir de hambre. Incluso, si no la llegase a pegar con su elección yo creo que una persona así estaría dispuesta a bancársela.
También veo a Jesús en algunos humoristas de la vida cotidiana. Esos que aportan a nuestras vidas haciéndonos reír y nada más, y que pueden sostener su humor hasta en las situaciones límites, como el condenado a muerte que, al estar a punto de ser ejecutado un lunes por la mañana exclamaba con una sonrisa: ¡Qué linda manera de empezar la semana! Hay gente graciosa que no soporta que la carguen, pero Jesús hubiese asumido las consecuencias de sus chistes. Hacerse cargo, ese es el término. La gracia del señor estaba en asumir las consecuencias de las elecciones propias. Jesús era alguien capaz de hacerse cargo.

De vuelta en casa busqué en internet la letra de la canción. Ya no me parecía tan copada, es más, me daba un poco de vergüenza ajena. Pero igual me pareció aplaudible que el tipo fuera y la cantara en el tren.

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