Era sábado un poco antes del mediodía, estábamos
en noviembre y ya hacía calor. Yo caminaba por la Avenida Córdoba en dirección
a la Facultad de Económicas. Quería
imprimir unas cosas para un curso. En el
camino me crucé con una compañera del trabajo. Estaba vestida con ropa
deportiva, la acompañaba su novio y una pareja amiga de ellos. La saludé y conversamos
muy brevemente. Después de que le comentara lo que iba a hacer me dijo que
aprovechase para descansar, que el día estaba lindo. Le respondí que me quería
sacar el trámite de encima rápido, así en la semana no se me acumulaban cosas.
Sentí un poco de vergüenza e incomodidad,
como si me estuvieran marcando algún tipo de infracción. Mirándolo en
retrospectiva creo que si la mina me hubiese dicho “tenés la bragueta abierta” yo hubiese sentido más o menos lo mismo.
A veces pienso que descansar también puede
ser una forma de ser normal. Está bueno y es necesario, pero también puede quedar
mal el no hacerlo. No es que esté mal visto, pero si alguien trabaja demasiado
o no descansa llama la atención, hace surgir la idea de que tiene un problema.
A veces siento que tengo una parte de mí
que cumple la función de mirarme como yo creo que me mirarían los otros. Aunque
yo sea genuino, seguramente después me termino viendo a través de ese ojo.
Estamos a fines de diciembre y quiero
reponer fuerzas para cumplir objetivos, crecer y ser feliz. Pero también hay
una parte de mí que descansa para los demás, para no mostrarme aburrido, para
que no parezca que necesito tapar un hueco con algo.
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