lunes, 28 de noviembre de 2016

Indigestión en primavera

La gente idealiza la primavera. El mes de septiembre está asociado a cosas que se supone que son copadas: las flores, los sándwiches de miga, la brisa, el incipiente calorcito, la avenida Santa Fé y cierta belleza estética femenina que pareciera ser  mayor que en otros momentos del año. Yo también pensaba así y en septiembre me alegraba. Pero ahora no pienso lo mismo. Que algo florezca no necesariamente es señal de que sea bueno. El rechazo, la indignación, el malestar y la acidez también tienen esa cualidad. Conozco gente que en estos días estuvo sacando para afuera cosas que le estaban molestando.

A principios de mes tuve un encuentro con Aram. Hubiese preferido evitarlo, pero cuando me contó que había cortado con Fabiana me sensibilicé y nos terminamos viendo. Nos encontramos en una confitería un domingo a la tarde. No lo vi particularmente mal. Más bien parecía indignado, como si hubiese descubierto algo revelador y le molestase no haberse iluminado antes. Empezó a hablar de Sartre y de los existencialistas, y a relacionar eso con los motivos por los que había dejado a su (ahora) ex novia. Me preguntó cómo era estar solo, cómo se sobrevivía. Él decía que yo era un referente porque mi situación había sido peor. A mí me habían dejado, yo ni siquiera había tenido opciones. De a poco empecé a prestarle menos atención, traté de disimularlo mientras él seguía hablando de Fabiana: que no lo había sabido entender, que no se hacía cargo de sus conflictos, que lo había humillado, que su odio hacia sí misma lo trasladaba hacia otros para poder quererse un poco más y otro montón de cosas que eran muy parecidas a las que ya había dicho. Yo intercalaba monosílabos y a lo sumo le preguntaba por qué pensaba él que ella había hecho o dicho lo que él decía que había hecho o dicho.
Cuando se fue del bar me sentí aliviado. Me quedé leyendo unas fotocopias que parecían interesantes. Traté de pensar que Aram estaba angustiado y necesitaba hablar, más allá del significado de sus palabras. Por suerte no me costó dedicarle más atención al contenido de mis apuntes.

La noche del jueves de la semana siguiente tuve el after del trabajo. Fui en mi actitud de “la estoy pasando bien” y me metí en distintos círculos de conocidos. No sabía que Pulp Fiction era una película tan importante, por ahí valdría la pena verla. Saber bien lo que uno quiere es difícil, algunos están dando vueltas hasta los treinta y después salen del molinete y tienen claro qué quieren para su vida (otros siguen dando vueltas hasta los sesenta y descubren lo que quieren sin darse cuenta que ya se les pasaron treinta años). Jessico había significado un cambio para Babasónicos, en los recitales había dejado de sentirse olor a chivo y se había empezado a sentir olor a perfume.
Con paciencia y sutileza llegué al grupo de Ren. Estaban conversando (o mejor dicho, Ren disertaba) sobre el feminismo. Los demás le hacían preguntas. Yo intentaba meter bocados con cosas que decían en la facultad (como que el feminismo intentaba visibilizar el rol de sujetos en una relación desigual). Ella estaba ahí, escuchando. Me gustaba verla indignarse, el tono de su voz, sus cachetes suaves y lisos, su cara de entusiasmo, su cara de no entender, y también su cara de no estar entendiendo. No sé si me hubiese privado de conocer a otras mujeres por ella, pero le hubiera propuesto una monogamia parcial, ser novios todos los jueves, por ejemplo.
Lamentablemente, antes de que la conversación se desarrollara vi que Tomás se estaba acercando a nosotros. Parecía disfrutar cada paso que daba, como si los calculara mediante el tacto. Tomás es un tipazo, pero prefiero conversar con él cuando no hay ninguna otra persona conocida (y cuando las personas no conocidas son poco simpáticas). Enseguida se acopló al grupo y la charla dejó de fluir como antes. Yo estaba recomendando una película que a mí me parecía increíble porque ilustraba el amor romántico desde el punto de vista de un hombre. Tomás se lució diciendo que era un despropósito mirar cine argentino cuando existían directores como Kubrick o Polanski. Después le hizo tres o cuatro preguntas a Ren (que eran más o menos lo mismo que repetir con otro tono lo que ella había dicho) y le dijo que la quería un montón. Ren le contestó que estaba muy bueno que los hombres pudiesen demostrar lo que sienten. Seguimos conversando hasta que Renata nos pidió que tomáramos un poco de distancia porque decía que estábamos invadiendo su espacio personal.
Después de eso el after perdió el encanto. Seguí conversando con gente sobre temas que bien podrían olvidarse y participando en juegos de adivinanzas y confesiones. Comenté que el gobierno de Menem había tenido algunos aciertos y dije que, en mi humilde opinión, a Pappo le sobraban canciones (creo que en ese momento Ren me sacó una botellita de Heineken que tenía en la mano).
Terminé volviendo en colectivo con Tomás. No tenía ganas de hablar con él, pero parecía que él sí. En general no es tan copado como cuando está solo. Decía que Renata se creía mucho más de lo que era y me preguntaba qué hacía yo los fines de semana y con quiénes salía. Me contó que le gustaba salir con gente del interior, porque los porteños le parecían agrandados y, según él, les encanta competir y mostrarse.
Siempre me pareció pelotudísima esa idea de que cualquiera, por el solo hecho de ser del interior, es una persona más sencilla y profunda que los porteños. Más me molesta cuando esa idea es repetida por porteños como él. Igual me sorprendió enterarme que a Tomás le podía molestar algo. Daba la impresión de que todo el tiempo estaba anticipado a cualquier cosa.

La semana siguiente anduve por la facultad. Tenía que encontrarme con un compañero para organizar una ponencia. Como de costumbre, llegué temprano y me paseé un rato por la nueva sede. En el primer piso me crucé con Diego.
Diego era un amigo y compañero de los primeros años de la carrera. Todavía hoy me acuerdo con un poco de nostalgia de esos días. Pasábamos el tiempo tomando cerveza, discutiendo cosas de las materias y hablando mal de gente. Me encantaba que pudiera expresar con claridad ideas que yo compartía pero que no sabía formular bien. Después entró como ayudante en una cátedra y me incomodó que empezase a darle la razón en público a gente a la que siempre habíamos criticado. Con el tiempo nuestros vínculos cambiaron. Yo perdí el interés en seguir viéndolo cuando noté que, a la par que decía que en Argentina era imposible vivir de la carrera, él iba armando su quintita en el Germani.
Cuando Diego me vio,  enseguida se acercó, me dio un abrazo y me dijo de tomar unos mates en un aula que estaba vacía. Tenía tiempo antes de que empezara la clase.
No tardamos en ponernos al día. Más o menos teníamos una idea de en qué andaba cada uno. Le comenté que me faltaba entregar dos trabajos finales para terminar la carrera. Él ya se había recibido hacía un tiempo y esperaba resultados sobre la presentación a una beca. Me preguntó qué pensaba hacer cuando me recibiera. Fue una pregunta incómoda (quizás porque yo mismo desconocía la respuesta). Le contesté que planeaba seguir en algún proyecto de investigación y buscar trabajo en alguna entidad del Estado (en realidad no me acuerdo qué le contesté pero seguro fue algo parecido a eso). Diego me contó que le apasionaba lo que hacía pero que le disgustaba el tipo de vínculos que se terminaban generando. Mucha careteada, decía, y a veces se traicionaba a gente que siempre había trabajado con uno. Me contó que era común pedir favores sin que hiciera falta y con el único fin de “no perder el ejercicio del poder”. No eran todos así y había excepciones, contaba, pero le parecía muy choto que algo que a él le gustaba se mezclara con formas tan mezquinas de manejarse.
Tuve que despedirme porque mientras hablábamos me había llegado un mensaje de mi compañero al celular. Con Diego acordamos juntarnos otro día a tomar una cerveza.


Todos me hablaban de otros, casi siempre de gente que no conocía o que conocía poco. Era divertido escucharlos, parecía que se auto describían. Admito que me dio cierta gratificación saber que padecían un poquito de lo que generaban, pero eso duró sólo hasta que me acordé de la gente que critíco yo.

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